El matrimonio formado por María de los Santos Muñoz Piulestán y Manuel López Barroso dijo adiós ayer viernes, tras más de media vida, al Estanco Número 4, uno de los más antiguos de la capital
Una apuesta clara por el comercio en la calle Rosario de El matrimonio formado por María de los Santos Muñoz Piulestán y Manuel López Barroso dijo adiós ayer viernes, tras más de media vida, al Estanco Número 4, uno de los más antiguos de la capital
Una apuesta clara por el comercio en la calle Rosario de
Más de media vida tras el mostrador. Viendo pasar a miles de clientes, habituales y puntuales. Siendo testigos de la enorme transformación de la calle Plocia, una de esas vías que más ha cambiado en las últimas décadas y que es fiel reflejo del paso implacable del tiempo y de la pérdida de un Cádiz que nunca volverá.
María de los Santos Muñoz y Manuel López se jubilan, dicen adiós a su estanco, el Número 4, uno de los más antiguos de la ciudad y que, desde hoy sábado, ha pasado a otras manos, más jóvenes y con ganas de asegurarse un futuro.
Para este matrimonio es el momento del descanso, de crear una nueva rutina lejos de cigarrillos, mecheros, papel de fumar y sellos. Es el momento de apagar el despertador y volver a soñar. Que ya toca. Porque María de los Santos empezó con solo 22 años en este negocio, en 1983, y ahora está a punto de cumplir los 65. Y Manuel, que los cumple el año que viene, ha decidido que también es el momento de parar.
“Yo llegué aquí sin tener ni idea de esto. El estanco era de mi tía y como era mayor y empezaba a tener problemas, me vine con ella. El primer titular del negocio fue un hombre, pero luego siempre ha estado en manos de mujeres: mi abuela, Doña María, y mi tía, Paquita, que era de armas tomar y todo el mundo la recuerda”, asegura María de los Santos.
Cuando Paquita falleció, en 1993, el estanco se puso a nombre de ella y a los pocos meses entró Manuel, quien desde el año 1978 trabajaba justo enfrente, en la taberna El Pescador. “Dio la casualidad de que el dueño se jubilaba y pensamos que lo mejor era llevar el estanco entre los dos. Le hicimos una reforma integral y hasta ahora”, cuenta Manuel.
Testigos principales de lo que fue y es la calle Plocia, María de los Santos recuerda como “cuando llegué aquí era una niña y al principio me daba vergüenza decir que trabajaba en la calle Plocia. Había muchos bares de lucecitas, pero esas mujeres eran unas clientas estupendas, maravillosas. Por las noches había colas de taxis esperando. También de la Fábrica de Tabacos venían muchísimas mujeres, había mucho ambiente”.
Manuel es capaz de acordarse de los nombres de los bares y restaurantes que atraían tantos clientes. “Estaban La Flor de Galicia, Atxuri, Las Palmeras, Los Negros, La Nueva Vía, La Pila Vieja, Los Pabellones, Uruguay, La Cepa Gallega, El Pescador… También la instaladora eléctrica, Saturnino, Ferrari, Viajes Marsán… Hemos visto todas las transformaciones hasta llegar a ahora, cuando la calle se ha puesto muy de moda”, subraya.
Y es que la Expendeduría Número 4 es de las más antiguas de la capital. “Los cuatro primeros estancos se abrieron al mismo tiempo y este es el único que se mantiene en el mismo lugar”, afirma María de los Santos. También han vivido cambios en el negocio. “Antiguamente había que hacer guardia los domingos y festivos, como las farmacias. Se vendía tabaco decomisado y mi tía llegó a tener cartillas de racionamiento”, comenta María de los Santos.
Otros productos que ya no se encuentran pero que eran habituales en los estancos eran “pólizas, certificados médicos, contratos de arrendameinto, letras de cambio, papel timbrado, declaraciones de la renta, que teníamos aquí dentro pilas y pilas de ellas… Cuchillas y jabón de afeitar, pasta de dientes, peines, gafas graduadas, cortauñas, cintas de casete… De todo”, señala Manuel, lo que tiene aún más mérito en un espacio tan reducido.
Un espacio reducido y compartido por ellos, un matrimonio, durante tantos años. Otro mérito. “El estanco es pequeño, pero la casa es grande”, bromea María de los Santos, quien añade que “cada uno teníamos claro nuestro papel y hemos sabido no llevarnos los problemas a casa”.
Y eso que problemas ha habido en tantos años. “En un negocio como este cada vez hay más impedimentos, más trabas, más controles e inspecciones. Es un negocio muy particular, muy complicado”, asegura Manuel.
La licencia pertenece ahora a otra empresaria, también mujer. “Antes no se podían vender: o pasaba de padres a hijos o se perdía. Mi licencia es de un máximo de 30 años, por lo que es muy golosa. Eso sí, no te la puedes llevar más lejos de un radio de un kilómetro y medio y tienes que respetar la distancia mínima de 150 metros entre estancos. Ha venido gente de todas partes, algunas con intención de especular. Pero yo tenía claro que quería que fuera para alguien con ganas de trabajar y si era mujer, mejor”, apunta María de los Santos.
Para ellos ha llegado el momento de echar la baraja. De disfrutar. De descansar. De vivir. De decir adiós a esos clientes que, en muchos casos, ya son familia. Y de despedirse de una calle, Plocia, que también ha sido su hogar.
Diario de Cádiz – Cádiz
