La sociedad gaditana se configuró entonces sobre un importante sustrato foráneo, tanto nacional como internacional, cuyos miembros tomaron la ciudad como lugar donde podían hacerse realidad sus sueños de prosperidad La sociedad gaditana se configuró entonces sobre un importante sustrato foráneo, tanto nacional como internacional, cuyos miembros tomaron la ciudad como lugar donde podían hacerse realidad sus sueños de prosperidad
Durante dos años consecutivos, el Ayuntamiento de Cádiz ha venido consagrando el mes de septiembre a las grandes civilizaciones que, a lo largo de la historia, se asentaron en la ciudad y su bahía. Tras poner los ojos inicialmente en la esplendorosa cultura fenicio-púnica y repasar más tarde los signos de la presencia del Gades romano, este año 2026 dedica sus esfuerzos al que, sin duda, es el período más significativo de su devenir junto al fenicio y el de mayor proyección universal.
Me refiero al Cádiz de la Edad Moderna (siglos XVI, XVII y XVIII), marcado por el mayor acontecimiento, según Francisco López de Gómara, que se produjo tras la creación del mundo, la encarnación y muerte de Jesucristo; es decir, el descubrimiento y conquista de América (las también llamadas Indias Occidentales) por los españoles, y las tempranas relaciones que mantuvo nuestra ciudad y su bahía durante cerca de cuatro siglos, en medio, bien es cierto, de algunas vicisitudes dramáticas, sobre todo al final del período. Esto ha dejado una huella profunda en la historia de Cádiz, todavía hoy, afortunadamente, perceptible en el urbanismo, las fortificaciones, la cartografía e, incluso, en la flora, la lengua, la cocina y, probablemente, en algunas actitudes propias de sus gentes.
Confío, así pues, que en este mes de septiembre el balance pueda ser positivo, al igual que lo fuera en su día, a mayor escala, la celebración del traslado desde Sevilla a Cádiz en 1717 del Consulado de cargadores a Indias y de la Casa de la Contratación, coincidiendo con el año del centenario de la efeméride, es decir, en 2017.
No me atrevo a desgranar aquí todo lo que supusieron para nuestra ciudad los contactos con América. Se irá viendo seguramente a través de las conferencias, espectáculos y otras actividades que han desarrollarse en los días reservados para la celebración. Junto a la larga duración de los contactos humanos, comerciales, religiosos y culturales en el período moderno, primero con el Imperio español en su pleno apogeo y, más tarde, con los territorios residuales del mismo hasta 1898, Cádiz se convertiría durante los siglos XVII y XVIII en lo que Fray Gerónimo de la Concepción definiera premonitoriamente como Emporio del Orbe, expresión exitosa y duradera para referirse a la ciudad. Coincide todo ese tiempo, especialmente el XVIII, con el concurso en la Bahía de hombres, navíos y mercancías procedentes de los cuatro puntos cardinales del mundo en gran número. Aspecto este que le proveería de un carácter singular y diferenciado, incluso, de algunas otras localidades de alrededor.
La sociedad gaditana se configuró entonces sobre un importante sustrato foráneo, tanto nacional como internacional, cuyos miembros tomaron la ciudad como lugar donde podían hacerse realidad sus sueños de prosperidad o sus deseos de ejercer un trabajo remunerado que permitiera la creación de una familia y un mejor futuro para sus hijos. Muchos aquilataron en la Bahía su experiencia para los negocios. Otros aprovecharon su salida hacia América para volver más ricos de como habían ido. Los hubo que regresaron a la postre a su tierra decepcionados o con deseos de invertir una parte de lo ganado en sus lugares de origen. Hubo también extranjeros que se integraron plenamente en la sociedad gaditana, perpetuando sus apellidos, ya hispanizados, a lo largo de los siglos. Mientras tanto, algunos llegaron ejerciendo el oficio de buscavidas, al encuentro de la caridad dadivosa de los comerciantes acomodados, u obligados a servir como esclavos tras su compra.
En definitiva, de todo esto resultará un complejo escenario que convertirá Cádiz en un emporio, pero también en una ciudad de aire cosmopolita. Y en el centro del mismo se situará la actividad económica: el comercio, que desde su apertura a los espacios atlánticos en 1492, y por las sucesivas concesiones que la Monarquía Hispánica proporcionará a Cádiz y su bahía (el monopolio de 1679-1680 y el traslado desde Sevilla de 1717), se constituirá en fuente incesante de riquezas. Desigualmente repartidas y aprovechadas, su flujo llegará hacia el resto de Europa, América e, incluso, Asia, lugares donde la plata americana, el conocido como real de a ocho, servirá de moneda fundamental de intercambio.
Las flotas hacia el Nuevo Mundo, los navíos sueltos, a pesar de su irregular salida, posibilitarán los contactos y las comunicaciones entre los dos lados del Atlántico y con el Pacífico. Solo cuando estos vínculos comiencen a debilitarse desde los años finales del siglo XVIII, de la invasión napoleónica y de las independencias de la América Hispana, no obstante algunos esfuerzos encomiables llevados a cabo en la ciudad, el emporio gaditano irá oscureciéndose y cambiará su protagonismo comercial por el político. Para entonces, habremos llegado ya a los días de la Constitución de 1812 y de los conflictos internos que marcarán toda la España decimonónica.
Diario de Cádiz – Cádiz
