León XIV, el primer papa estadounidense de la historia, se ha unido a la celebración del 250 aniversario de EE UU con un discurso que es una nueva andanada a las políticas de Donald Trump y, especialmente, contra su rechazo y persecución de la inmigración. Lo ha hecho en la tarde de este viernes al recibir la Medalla de la Libertad del Centro Nacional Constitucional de Filadelfia, mediante una intervención en inglés por videoconferencia, un hondo alegato en defensa de los principios de los fundadores del país, “hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y una vida mejor para sí mismos y para sus hijos”.
El Pontífice, que pasará el día de la conmemoración en la isla de Lampedusa, dice que “la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad para proteger a los más vulnerables”
León XIV, el primer papa estadounidense de la historia, se ha unido a la celebración del 250 aniversario de EE UU con un discurso que es una nueva andanada a las políticas de Donald Trump y, especialmente, contra su rechazo y persecución de la inmigración. Lo ha hecho en la tarde de este viernes al recibir la Medalla de la Libertad del Centro Nacional Constitucional de Filadelfia, mediante una intervención en inglés por videoconferencia, un hondo alegato en defensa de los principios de los fundadores del país, “hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y una vida mejor para sí mismos y para sus hijos”.
De forma sutil pero evidente, y con la fuerza de su autoridad moral, el Papa casi ha venido a lanzar una voz de alarma sobre la crisis de esos valores originales y la necesidad de reivindicarlos. Precisamente en la semana en que el Tribunal Supremo de EE UU ha frenado el intento de Trump de acabar con el ius solis, el derecho a la ciudadanía de todos los que nacen en suelo estadounidense, un pilar de la historia del país.
Robert Prevost ha recordado las palabras de la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776: “Todos los hombres y mujeres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, incluyendo el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Ha dicho que se trata de una “noble visión” que convirtió a Estados Unidos “en sinónimo de libertad, al abrir sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes, permitiéndoles a ellos y a sus hijos desempeñar un papel fundamental en la construcción del futuro de la nación”.
El propio Pontífice, de 70 años y nacido en Chicago, es hijo de inmigrantes. Su distancia frente a Donald Trump, con quien chocó frontalmente el pasado mes de abril, ha quedado patente en su rechazo a la invitación de la Casa Blanca a visitar el país este año, justo con motivo del 250 aniversario. Es más, el Papa pasará este sábado ese día con toda intención en la isla de Lampedusa, símbolo del drama de la inmigración en el mar Mediterráneo, una suerte de continuación de la que realizó a Canarias el mes pasado. Pero con su discurso de este viernes ya está entrando de lleno en la jornada conmemorativa.
“La grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad para apoyar, proteger y valorar la vida de todos, especialmente de los más vulnerables y de aquellos cuyo valor se cuestiona”, ha advertido. El Pontífice ha ensalzado a EE UU como el país de la libertad, que ha defendido también fuera de sus fronteras en las dos guerras mundiales. Pero ha matizado que la libertad no es “la capacidad de actuar según la propia voluntad”. ”La auténtica libertad es mucho más profunda. Se fundamenta en la capacidad humana de conocer la verdad y adherirse al bien, incluso a un alto precio», ha señalado.
León XIV se ha explayado en su reflexión hasta llegar a situarla en la actualidad. “Como bien sabe todo estadounidense, el camino para construir una sociedad que encarnara esos elevados ideales de libertad y justicia para todos no siempre fue fácil y, en muchos aspectos, sigue siendo una tarea en curso”, ha reflexionado, sin nombrar en ningún momento a Trump. Es una batalla, ha apuntado, que debe “retomarse en cada generación”. Y ha llamado, a renglón seguido, a recordar los principios fundacionales de la nación “con la esperanza de que Estados Unidos permanezca siempre fiel al sueño que le ha valido el título de tierra de los libres y hogar de los valientes”.
Prevost ha mencionado también la libertad religiosa que siempre ha caracterizado a su país y ha mostrado su esperanza en que “esta tradición siga dando frutos en un discurso público caracterizado por la moderación, el respeto por las opiniones ajenas y un esfuerzo constante por encontrar puntos en común para promover la paz y la reconciliación, tanto a nivel nacional como internacional”.
En el núcleo de su discurso ha latido también la preocupación por los efectos de la polarización política en la convivencia: “Los principios que inspiraron a los fundadores de Estados Unidos, arraigados en la esencia de la persona humana, los unieron en una sola causa, un sueño común. (…) Para que una nación prospere, debe estar verdaderamente unida; unida no por metas ligadas a esfuerzos momentáneos, sino por ideales que perduran con el paso del tiempo“. Por supuesto, no podía terminar de otra manera: ”¡Que Dios bendiga a América!“.
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