Pregúntale a cualquier creador de contenido, a cualquier estrella de Instagram o TikTok, y te dirá que para empezar sólo hace falta un móvil y constancia. Tienen razón, claro, pero tarde o temprano llega un momento en el que la única cámara de un móvil, por mucho zoom y calidad que tenga, se queda algo corta.
La compañía Insta360 estrena un dispositivo de doble objetivo firmado por Leica, con pantalla extraíble que funciona como mando a distancia y vídeo 8K. Cuesta desde 730 euros y llega en plena guerra de patentes con DJI.
Pregúntale a cualquier creador de contenido, a cualquier estrella de Instagram o TikTok, y te dirá que para empezar sólo hace falta un móvil y constancia. Tienen razón, claro, pero tarde o temprano llega un momento en el que la única cámara de un móvil, por mucho zoom y calidad que tenga, se queda algo corta.
Es entoces cuando las posibilidades se multiplican. Se puede optar por una cámara de vídeo profesional, una cámara de fotos de lentes intercambiables que grabe buen vídeo o algo más compacto, como una cámara de acción. En los últimos años, un dispositivo que está ganando popularidad son las cámaras con brazo estabilizador, una categoría de producto en la que hasta ahora DJI tenía casi un dominio absoluto con las cámaras Osmo Pocket.
Esta semana llega a las tiendas una competidora que me ha conquistado por muchísimas razones. Es la Insta360 Luna Ultra y he podido usarla durante el último mes en todo tipo de situaciones. Es la primera cámara con estabilizador mecánico que fabrica Insta360, conocida hasta ahora por sus cámaras de acción y de 360 grados.
Resuelve el problema central de quien graba en solitario: ya no hace falta correr de un lado a otro de la escena para comprobar si el encuadre está bien, ni depender de un móvil emparejado por bluetooth que se desconecta en el peor momento o es lento. Aquí todo funciona sin más, y esa sensación de simplicidad acaba siendo la mejor carta de presentación.
Lo consigue porque la parte frontal de la Insta360 Luna Ultra, donde están los controles, se desprende. Puedes separar la pantalla del cuerpo de la cámara, dejar el aparato apoyado en una roca o un trípode, alejarte unos metros y seguir controlándolo todo (el encuadre, el zoom, el botón de grabación,…) desde la palma de la mano. La pantalla lleva además un micrófono integrado, así que también captura la voz mientras el estabilizador mantiene el plano centrado por su cuenta y sigue el movimiento del usuario en la escena.
Es lo primero que me conquistó de esta cámara pero no lo único. El cuerpo, de poco más de 200 gramos, esconde dos objetivos diseñados junto a Leica. El principal es un 20 mm con apertura f/1.8 y un sensor de una pulgada (grande para esta categoría d producto), pensado para el plano amplio del vlog y los travellings. El segundo es un teleobjetivo de 60 mm, con apertura f/2 y un sensor algo menor, de 1/1,3 pulgadas.
Esa segunda lente es lo que distingue a la Luna Ultra de casi toda la competencia. Ofrece un zoom óptico real de 3 aumentos, sin pérdida de calidad, que se extiende hasta 6x en un modo «sin pérdida» basado en el recorte del sensor y hasta 12x digital. El salto a 6 aumentos aguanta sorprendentemente bien y da al dispositivo una versatilidad asombrosa.
Con otras cámaras de bolsillo nunca había echado de menos el zoom, pero aquí empiezas a encontrar encuadres que antes ni te planteabas o para los que necesitabas una cámara de fotos o vídeo de lente intercambiable. El movimiento de cámara sobre una focal larga se ve más cinematográfico que con el gran angular omnipresente en este tipo de aparatos.
Mi única queja, aquí, es que cuando el zoom cruza el punto en el que la cámara pasa del objetivo principal al teleobjetivo, los objetos en primer plano pueden moverse ligeramente y el tono del cielo cambiar un poco, porque varían la apertura y el tamaño del sensor. No es un problema salvo que se grabe haciendo zoom justo en ese tramo, pero conviene saberlo.
Tenemos una cámara con una pantalla que puede separarse para grabar en remoto y dos lentes muy versátiles. Sigamos sumando. La Luna Ultra graba hasta 8K a 30 imágenes por segundo, 4K hasta 120 y 1080p hasta 240 para cámara superlenta. Sobre el papel es una ficha impresionante. Soporta Dolby Vision, perfil de color I-Log de 10 bits y hasta 14 pasos de rango dinámico, además de los perfiles calibrados por Leica (Natural, Vivid y Chrome) y una colección de filtros aplicables en la propia cámara.
La calidad de vídeo es, para mí, lo más sólido del conjunto. Hay una distancia clara con lo que sueles ver en un teléfono, salvando contadas excepciones. Hay menos sobreenfoque, menos artefactos de compresión, una imagen limpia y con más cuerpo. En el modo de poca luz, PureVideo, la diferencia frente a la cámara de un móvil de gama alta se nota todavía más. Resuelve incluso escenas muy complejas, como un fuerte contraluz, de forma admirable, sobre todo si se opta por 4K. 8K es técnicamente sorprendente pero al mismo tiempo innecesario hoy en día en la mayoría de las situaciones.
El calor es el límite menos visible. En mis pruebas, a 4K/24 la cámara graba casi tres horas, que es aproximadamente su autonomía, sin un solo aviso de sobrecalentamiento. A 4K/120 u 8K/24 puede dar problemas antes de la hora.
Como decía al principio, uno de los grandes aciertos es el panel frontal desmontable. Es una pantalla OLED táctil de dos pulgadas que se gira 90 grados para encender la cámara y que, separada del cuerpo, se convierte en monitor y mando inalámbrico con transmisión HD. Insta360 dice que tiene un alcance de unos veinte metros, suficiente para entrar en el plano de cuerpo entero.
Y aquí está mi única pega. La pantalla se me queda pequeña para los controles táctiles. Tiene una resolución modesta (564 x 318 puntos) que dificulta confirmar el enfoque a simple vista, y ajustar parámetros con los dedos sobre una superficie tan reducida se vuelve un ejercicio de precisión incómodo. El brillo de 1.000 nits ayuda a verla al sol, pero para los ajustes más finos acabo recurriendo a la aplicación del móvil, sobre todo porque el histograma solo aparece ahí.
El micrófono del panel cumple, aunque no iguala a un equipo dedicado. Insta360 vende, de hecho, varios paquetes que añaden sus transmisores Mic Air o Mic Pro, filtros, baterías de mano y bolsas, una escalera de precios que conviene mirar con lupa antes de comprar. He podido usar el Mic Pro durante estas semanas y merece mucho la pena, aunque prefiero contarlo en una prueba independiente.
La batería de 1.550 mAh, no extraible, promete cuatro horas de grabación, pero en uso intensivo con 8K y cámara lenta se queda más cerca de dos. Se puede alimentar por USB-C y existe una empuñadura con batería adicional (y trípode), además de 47 GB de memoria interna ampliable por microSD, que es prácticamente obligatoria cuando se graba a 4K u 8K.
El tamaño también pasa factura. El cabezal del estabilizador, al tener dos lentes, es más ancho que el de una Osmo Pocket, así que la Luna Ultra abulta más en el bolsillo, sobre todo con la funda protectora puesta. El vídeo vertical se limita a 3K, la misma restricción que arrastra la competencia, aunque hay un modo de grabación vertical a resolución completa girando 45 grados la empuñadura. Es una buena solución aunque algo más incómodo de sostener.
El paquete básico parte de 730 euros en España (unos 770 dólares en Estados Unidos), y los packs para creadores suben desde ahí. El pack creador, que incluye funda de transporte, un Mic Pro, empuñaduras con batería y otros accesorios sube a 929 euros. Es una cantidad elevada pero las cámaras portátiles de gama alta han entrado en una espiral similar a la de otros productos de electronica de consumo en los últimos meses, así que no del todo inesperada.
A mí me ha conquistado por tres cosas: la calidad de vídeo, esa pantalla que se desmonta y la facilidad con la que todo encaja sin pelearse con menús ni emparejamientos. La combinación de doble cámara, zoom óptico y monitor extraíble consigue algo que un teléfono no puede dar, y lo hace con la suficiente comodidad como para querer llevarla a todas partes.
Tecnología – Píxel

