En apenas unos días, 60.000 personas cruzaron a nado la frontera entre Marruecos y España para llegar a Ceuta; al menos, 67 perdieron la vida en el mar. Europa respondió cerrando sus fronteras. En 48 horas, Francia reforzó la presencia policial en los pasos fronterizos de los Pirineos, Italia impuso 30 días de controles a las llegadas desde España y su primera ministra, Giorgia Meloni, pidió suspender el espacio Schengen con nuestro país por un enclave que ya está excluido del acuerdo.
En apenas unos días, 60.000 personas cruzaron a nado la frontera entre Marruecos y España para llegar a Ceuta; al menos, 67 perdieron la vida en el mar. Europa
En apenas unos días, 60.000 personas cruzaron a nado la frontera entre Marruecos y España para llegar a Ceuta; al menos, 67 perdieron la vida en el mar. Europa respondió cerrando sus fronteras. En 48 horas, Francia reforzó la presencia policial en los pasos fronterizos de los Pirineos, Italia impuso 30 días de controles a las llegadas desde España y su primera ministra, Giorgia Meloni, pidió suspender el espacio Schengen con nuestro país por un enclave que ya está excluido del acuerdo.
La situación no tiene ningún coste para Marruecos, que se limita a mirar para otro lado, mientras Europa se enfrenta a un problema de permeabilidad de su territorio. La diferencia es lo que consideramos guerra híbrida. Durante mi trabajo en la CIA, cubrí México y Centroamérica, y aprendí a leer los flujos migratorios como un panel de instrumentos más que como una tragedia humana. Cuando en 2019, Washington amenazó a México con imponer aranceles si no ponía freno a la inmigración, en realidad, ya había tomado la decisión de hacerlo. Marruecos dosifica los cruces de migrantes en Ceuta, Bielorrusia los empuja hacia Polonia y el Báltico, y Rusia se cobra el dividendo de cada oleada, porque todas giran en torno a la misma cuestión: la profunda brecha que existe en Europa en torno a la migración.
En México aprendí cuál es la pregunta clave que debemos hacernos: quién se beneficia cuando se producen flujos migratorios y quién cuando éstos cesan. En el caso de Ceuta, la respuesta empieza en Rabat, que deja vía libre cuando Madrid es más vulnerable. En mayo de 2021, más de 10.000 personas pasaron a la ciudad autónoma, ante la pasividad de las autoridades marroquíes. En ese momento, Brahim Gali, líder del Frente Polisario, enfrentado a Marruecos por la soberanía del Sáhara Occidental, estaba hospitalizado en España, circunstancia que el Gobierno no había hecho pública. Diez meses después, Madrid avaló la posición marroquí sobre este territorio, con la migración como moneda de cambio.
El mismo escenario se ha vuelto a repetir hace apenas unos días. El pasado 20 de julio, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, viajó a Argel para mantener conversaciones con su homólogo argelino sobre el suministro de gas, un viaje que según el analista Matteo Villa, no fue bien recibido en la capital alauita. El día 30, los marroquíes se echaron al mar para cruzar la frontera. Dos circunstancias han favorecido la avalancha. El acuerdo bilateral de readmisión firmado en 1992, entre España y Marruecos, que obliga a este último a readmitir nacionales de terceros países que hayan entrado en su territorio en situación irregular. Por lo tanto, cada devolución depende de Rabat, que mientras tanto, guarda silencio sobre los suyos, mayoría en esta oleada.
Además, el Supremo dictaminó el 8 de julio que las devoluciones en caliente son legales para quienes saltan la valla e ilegales para quienes llegan a nado. La noticia se hizo viral, las mafias sacaron partido de la situación y un joven de 16 años relató cómo nadó durante 12 horas después de haber visto vídeos en las redes sociales. Esas mafias actúan como puente, están al tanto de cualquier cambio o modificación en materia legal y no dejan pasar la oportunidad.
En el este de Europa la lógica es la misma, pero llevada al extremo. Bielorrusia se sacó de la nada su propio flujo migratorio. Sancionada en 2021 por amañar unas elecciones y obligar a un avión comercial a realizar un aterrizaje forzoso, el régimen de Lukashenko expidió visados en Bagdad y Damasco y fletó varios vuelos llenos de pasajeros con destino a la frontera oriental. En julio, Lituania descubrió dos túneles excavados desde territorio bielorruso y Letonia registró 111 intentos de atravesar la frontera en un solo día, mientras su primer ministro señalaba a la cúpula de la mafia rusa. Los letones acudirán a las urnas en octubre. El momento no es casual. Rusia intensifica la presión híbrida mientras la guerra en Ucrania se complica y su principal apoyo en Bruselas desaparece.
La caída de Viktor Orbán esta primavera privó a Moscú de un aliado fiable con derecho de veto en el Consejo Europeo, una herramienta útil pero a un alto precio y que ha quedado fuera de juego. La presión migratoria pasa a ser el instrumento más barato: llevar un autobús hasta la frontera es económico y obliga a Europa a debatir internamente durante semanas. No hacen falta agentes rusos para obtener el mismo resultado. Con Ceuta, en el flanco opuesto, se logró en apenas dos días. Aquí no hay ninguna teoría de la conspiración. Marruecos pretendía presionar a Madrid y lo logró. Moscú, a través de Minsk, quería una Europa dividida y también lo consiguió. Washington, que en marzo amenazó con cortar las relaciones comerciales con España por las bases de Rota y Morón, encontró un nuevo argumento para alimentar su debate migratorio: el relato de una Europa incapaz de controlar sus fronteras. Tres ganadores, tres motivos, una semana rentable y una industria del contrabando cobrando por volumen.
Lo más difícil de combatir es que tres actores distintos acaben beneficiándose de la misma crisis, porque Europa termina buscando a un único culpable, pero los intereses son diferentes. Así funciona la militarización de todo: inundar las redes sociales de mentiras, cortar cables submarinos, hacer volar un dron sobre un aeropuerto, provocar un incendio, abrir una verja durante un día. Cada una de estas acciones tiene el poder de activar una respuesta colectiva. Combinadas logran los objetivos de la guerra híbrida, hacer que los puntos fuertes de una sociedad se vuelvan en su contra. La apertura se convierte en un canal de desinformación; la libre circulación, en una palanca; y cada oleada llega acompañada de rumores que convencen al votante de que su gobierno ha perdido el control. Europa recurre a controles de pasaporte que perjudican más a exportadores, turistas y viajeros españoles que a quien no vigila sus fronteras. La aritmética de Ceuta se repite: Europa paga y quien abre cobra. Cada cesión eleva el precio de la siguiente.
Rabat ya se refiere a Ceuta y Melilla como territorio ocupado, así que la próxima moneda de cambio puede ser el territorio. Europa ya tiene una respuesta ante el chantaje: el Instrumento Anticoerción de 2023, una ley que permite a Bruselas responder con aranceles y restricciones comerciales cuando un gobierno extranjero presiona a un Estado miembro. Sin embargo, solo considera coerción la presión económica. La utilización de la migración como instrumento de presión queda fuera.
Si se amplía esa definición para incluir a las personas, cada frontera europea tendrá un precio para quien la abra, ya sea Rabat, Moscú o el lugar donde se produzca la próxima crisis. Si se mantienen los controles, se utilizará como herramienta de presión para influir en procesos electorales o en momentos de debilidad. Quien tiene la llave de la frontera gana, y Europa paga.
*Bjorn Beam es analista geopolítico senior en Arcano Research y ex oficial de la CIA.
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