La realidad económica del Reino Unido amenaza el romance de Burnham con los británicos

Andy Burnham está a punto de decir adiós al verano del amor para entrar de lleno en el otoño de la dura realidad económica. El primer ministro británico ha logrado ganarse el apoyo de los ciudadanos y remontar en las encuestas al Partido Laborista desde que accedió al poder a mediados de julio, a base de golpes de efecto baratos, pero populares, como limitar el precio del transporte público o rebajar el IVA de la factura energética, y de dosificar con inteligencia su presencia en medios y redes sociales. La imagen de un jefe de Gobierno en constante gira por el país, atento a las necesidades de la gente, ha funcionado.

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 El Gobierno reduce sus ambiciones de construir vivienda social y se enfrenta a una subida de impuestos  

Andy Burnham está a punto de decir adiós al verano del amor para entrar de lleno en el otoño de la dura realidad económica. El primer ministro británico ha logrado ganarse el apoyo de los ciudadanos y remontar en las encuestas al Partido Laborista desde que accedió al poder a mediados de julio, a base de golpes de efecto baratos, pero populares, como limitar el precio del transporte público o rebajar el IVA de la factura energética, y de dosificar con inteligencia su presencia en medios y redes sociales. La imagen de un jefe de Gobierno en constante gira por el país, atento a las necesidades de la gente, ha funcionado.

A punto de comenzar un nuevo curso político y parlamentario, Burnham deberá ahora hacer honor al dicho inglés que recomienda “poner el dinero donde antes has puesto la boca”. La economía británica, igual que la del resto de Europa, sigue estancada en un débil crecimiento del 1,3% en 2025, y cifras similares para el año en curso. El primer ministro está atado y comprometido con un programa electoral (el que llevó a la victoria a su predecesor, Keir Starmer, en 2024) que descartó cualquier subida del impuesto sobre la renta, del IVA o de las cotizaciones sociales a cuenta del trabajador.

“La herencia [que ha recibido Burnham] presenta muchos desafíos. El Reino Unido sigue siendo el país del G-7 con mayor coste de la deuda; el shock energético ha consumido casi todo el colchón fiscal previsto; los planes de gasto se han visto erosionados por la inflación, y los compromisos adquiridos de incrementar el gasto en defensa o en ayudar a los hogares a enfrentarse al elevado coste de la vida también pesan”, advierte David Aikman, director del Instituto Nacional de Investigaciones Sociales y Económicas.

Viviendas sociales

Gran parte del éxito temprano de Burnham entre los votantes ha sido su aparente arrojo. Frente al cambio prudente y gradual que ofrecía Starmer, el nuevo primer ministro utiliza un discurso grandilocuente en el que promete un “crecimiento bueno” que pondrá fin a “40 años de neoliberalismo”, devolverá las competencias a las autoridades, redistribuirá territorialmente el poder y se centrará en la inversión social.

Cuando desplegó su estrategia para reemplazar a Starmer, que comenzó con la batalla por el escaño de Makerfield que le permitió regresar a la Cámara de los Comunes, para poder aspirar al liderazgo del Partido Laborista, Burnham dio las primeras muestras de osadía: “No seamos tímidos ni evasivos. Se trata de recuperar el control público”, afirmó al presentar su plan para invertir más de 45.000 millones de euros en un plan de vivienda. ¿A qué se refería? A que todos los apartamentos y casas previstas serían de las autoridades municipales, como en los años sesenta. Serían ellas las que controlarían la gestión y fijarían la renta. Un proyecto tan ambicioso como caro.

Este martes, la realidad económica ha tenido algo de jarro de agua fría. Muchos medios han acusado a Burnham de dar marcha atrás en sus promesas, y han señalado que las primeras medidas anunciadas son un calco de las que puso sobre la mesa en su día Starmer.

70.000 nuevas viviendas serán construidas en las próximas décadas, como parte inicial de un plan que pretende ampliar esa cantidad a 300.000, y destinar a tal empeño más de 45.000 millones de euros. Pero solo un 60% de las nuevas edificaciones serán council houses (viviendas de la autoridad municipal), que normalmente suponen un alquiler de menos de la mitad del precio de mercado y cuyo acceso es mucho mas restringido para los ciudadanos. El resto usaran fórmulas como la colaboración con constructoras o inmobiliarias, o la de la propiedad compartida.

“Hemos optado por un planteamiento pragmático. Queremos que el dinero comience a utilizarse. Y hay promotoras y otros proveedores dispuestos a participar en la licitación pública y preparados para comenzar a entregar viviendas”, ha defendido Matthew Pennycook, el secretario de Estado británico para la Vivienda, que rechazaba la acusación de que Burnham hubiera dado marcha atrás en sus promesas.

A cambio, el primer ministro ha reforzado los poderes de los alcaldes y corporaciones municipales para impulsar esos proyectos de construcción, y no solo les ha dado dinero, sino también la capacidad de esquivar los obstáculos burocráticos y legales que frenan durante años cualquier proyecto de vivienda.

El fantasma de los impuestos

El primer presupuesto de Starmer fue para muchos de sus críticos el primer paso en su caída política. La decisión de incrementar las cotizaciones sociales a cuenta de los empresarios acabó provocando un parón económico y un descontento general del que ni el entonces primer ministro ni su responsable de Economía, Rachel Reeves, lograron recuperarse.

Ahora, el sucesor de Reeves, John Healey, se enfrenta a la presentación del presupuesto de otoño con la urgencia de sacar dinero de debajo de las piedras, pero con las manos atadas por unos compromisos electorales que Burnham quiere respetar. La promesa de un aumento del gasto en defensa, la guerra de Irán o los regalos económicos anunciados este verano por el nuevo primer ministro han puesto presión en las cuentas públicas. Y él mismo ha tenido que admitir que un aumento de algún impuesto está sobre la mesa.

“Voy a intentar ayudar [a los ciudadanos] en todo lo que pueda, y ya hemos hecho cosas en su favor. Pero la gente debe entender que no dejaré de ser realista. Nuestra posición es delicada. Todo lo que aprobemos debe tener fondos públicos que lo avalen”, decía esta semana el primer ministro, que no descartaba la opción de incrementar la presión fiscal.

Sus aliados en el partido sugieren una elevación del impuesto sobre las grandes fortunas, o sobre las ganancias de capital. Y el ministro Healey ya ha indicado a sus colegas de Gobierno que se avecinan nuevos recortes.

De momento, sin embargo, Burnham sigue disfrutando de su romance con los ciudadanos. Casi la mitad de los británicos (un 47%) tiene una opinión favorable del primer ministro (un logro casi imposible en los últimos años), y la distancia con Reform UK, el partido de Nigel Farage que encabeza las encuestas desde 2025 ininterrumpidamente, se ha recortado hasta llegar al empate.

El otoño de las decisiones económicas demostrará si el primer ministro es capaz de mantener su racha de popularidad, o se encamina, como todos sus predecesores, hacia un nuevo invierno del descontento.

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