La ciudad autónoma de Ceuta vive una situación de extrema tensión en los alrededores del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Cientos de personas que lograron cruzar la frontera recientemente se agolpan ahora en las inmediaciones del recinto, el cual se encuentra muy por encima de las 512 plazas que dispone. La desesperación es palpable entre quienes no han conseguido registrarse y se ven obligados a deambular por el monte colindante o las playas cercanas, mientras la Policía Nacional intenta mantener el orden en los accesos.
La ciudad autónoma de Ceuta vive una situación de extrema tensión en los alrededores del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Cientos de personas
La ciudad autónoma de Ceuta vive una situación de extrema tensión en los alrededores del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Cientos de personas que lograron cruzar la frontera recientemente se agolpan ahora en las inmediaciones del recinto, el cual se encuentra muy por encima de las 512 plazas que dispone. La desesperación es palpable entre quienes no han conseguido registrarse y se ven obligados a deambular por el monte colindante o las playas cercanas, mientras la Policía Nacional intenta mantener el orden en los accesos.
La falta de suministros básicos es la principal preocupación de los migrantes que esperan una oportunidad para obtener una cama y comida diaria. Un ciudadano marroquí, sentado sobre unas rocas cerca de la carretera que conduce al centro, resume la angustia del colectivo: «Amigo, pan, leche, galletas, por favor, hermano. Llevamos tres días sin comer».
A pesar de los esfuerzos policiales por despejar la entrada, el bosque y las laderas están llenos de jóvenes de diversas nacionalidades, incluyendo argelinos, sudaneses, malienses, afganos y palestinos. Muchos de estos jóvenes, como Adam, un chico de Tetuán, formaron parte de la cadena humana de más de 50.000 personas que irrumpió en la ciudad a través del espigón.
Adam, que viste una camiseta del futbolista Achraf Hakimi, intenta mantener el ánimo afirmando: «Somos todos hermanos, amigo» y añade «Tú y yo hermanos». Sin embargo, su relato sobre el cruce desde Castillejos es crudo. Según explica, la actuación de las autoridades marroquíes fue selectiva y violenta: «Había tres cuatro gendarmes por aquí, por allá… Lanzaban piedras a la gente. Nos pegaban con las porras. Nos echaban a los perros encima. Lo único que no querían era que entráramos por la frontera a pie. Nos echaban hacia el agua. Por ahí les daba igual que entrásemos a Ceuta o que nos ahogásemos».
Para los que logran entrar en el CETI, el futuro se divide en diversas posibilidades legales, que van desde la expulsión hasta el inicio de trámites de asilo o permisos de residencia por arraigo familiar. No obstante, el miedo a las represalias es constante. Un joven sudanés, que prefiere mantener el anonimato, comenta: «I don’t want to have problems with anyone».
La fatiga física es otro factor crítico en este escenario. En las playas cercanas, la Policía Nacional custodia a grupos que se concentran sobre la arena, llegando incluso a requerir asistencia médica urgente. Recientemente, un inmigrante sufrió convulsiones y tuvo que ser evacuado por sus propios compañeros ante la mirada de los vecinos. Como bien señala un taxista de la zona, el estado de los recién llegados es límite: «Ya no aguantan más. Están cansados, apenas están comiendo ni bebiendo». La convivencia en el monte se vuelve cada vez más difícil debido al frío nocturno y la escasez de alimento, lo que ha provocado que la gente no aguante mucho más.
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