El hostelero fue el rey de la trepidante noche de Cádiz con sus comidas rápidas del Saray hasta que la noche de Cádiz amaneció El hostelero fue el rey de la trepidante noche de Cádiz con sus comidas rápidas del Saray hasta que la noche de Cádiz amaneció
CUANDO el mercado de abastos cerraba Manolo Leal (Cádiz, 1951) sacaba los guantes y lo preparaba todo para organizar los combates: los fruteros contra los pescaderos, los carniceros contra los queseros… No había ring. En la misma plaza, con el género como espectador, ante los ojos de merluzas y corvinas, los tenderos intercambiando ganchos y uppercuts. “Se montaban estupendas peleas”, rememora Manolo aquellos tiempos en los que trabajaba para su padre, que se crió trabajando la viña en Chiclana antes de montar en la plaza sus puestos de frutas y recova. Porque el verdadero oficio de Manolo, aunque siempre será conocido en Cádiz como Manolo el de los Sarays, es ése, organizar cosas: veladas, campeonatos de tenis, carreras de bicicletas, exposiciones, bodas…
Charlamos en una de las mesas de su restaurante del Paseo Marítimo, La Vendimia, desde donde hace veintiséis años su mujer cocina cada plato que se sirve con el toque casero del que presume, incluidos sus exquisitos brazuelos de cordero traídos de Aranda de Duero. Me recibe con un chaleco con el emblema de la Legión. “No me digas que también has estado en la Legión”. “No, no, es un regalo de un amigo”. Podría habérmelo creído porque en la vida de Manolo, que dice que tiene poco que contar, ha habido muchas vidas.
–Ahora el luchador más famoso de España es Topuria, que hace una cosa que no es boxeo, sino pegarse de hostias a lo bestia.
–Es aberrante, no me gusta nada. Es un deporte salvaje. Yo soy aficionado a un boxeo clásico. En eso de ahora vale pegarte con el codo, con las orejas… Bueno, ahora que le han pegado un palizón a ver si se está calladito un tiempo.
–¿Todavía sigues el boxeo?
–No mucho, a estas alturas también me parece salvaje. Cuando eres joven lo practicas y no te das cuenta de las consecuencias que tiene un deporte de ese tipo, que son nefastas. La cabeza es muy delicada.
–¿Qué boxeador eras tú?
–Peso medio, el más completo porque aúna fuerza y agilidad.
–¿Y quién era tu boxeador favorito?
–Pedro Carrasco tenía una técnica estupenda. Recuerdo sus combates por el campeonato del mundo con Mando Ramos.
–El Muñeco de Long Beach, lo llamaban.
–Carrasco perdió el primer combate y ganó el segundo. Fue una rivalidad épica. Yo conocí a Pedro Carrasco.
–¿En serio? ¿Cómo fue eso?
–Él estaba haciendo la mili en infantería de marina y le llegó que yo era admirador suyo y vino al mercado para hacerse unas fotos conmigo. Pero el boxeo de ahora no tiene nada que ver con el de entonces.
–Se ha perdido mucho la afición.
–Yo compraba el Marca para leer en las páginas de atrás las crónicas de Manuel Alcántara, un periodista de Málaga muy bueno que escribía de boxeo. Aquí en Cádiz había afición. Me hice árbitro y se organizaban veladas en la piscina, en el cine Brunete, en el cine Terraza…
–¿Había buena cantera?
–No mucho, en cuanto salíamos de Cádiz no ganábamos a nadie. Sí había uno muy bueno en San Fernando que se llamaba Escobar, un legionario muy excéntrico que daba volteretas en el ring, se hacía el muerto y cuando le contabas el tío se levantaba y pegaba saltos mortales. Era un espectáculo. Recuerdo también que arbitré una velada en Jerez en el que eran seis boxeadores de Cádiz contra seis de Jerez. Casi me linchan porque yo daba ganadores a los de Cádiz y cuando fui a dar ganador a uno de Jerez me equivoqué de brazo y tuvo que venir hasta la policía para calmar los ánimos.
–El más famoso acabó siendo Kid Betún, el limpiabotas que acabó vendiendo patatas en la playa y murió en una residencia de Arcos hace unos años.
–Yo boxeé con él.
–Ah, ¿sí?
–Era malísimo, pero muy gracioso porque imitaba los pasos de Pepe Legrá. Pero no, no valía para eso.
“Conocí a Pedro Carrasco, vino al mercado a hacerse unas fotos conmigo”
–Te metiste en más deportes.
–Me gustan todos. Estuve en la fundación de la Organziación Ciclista Gaditana y participé en muchas carreras.
–Y presidiste el Club de Tenis.
–Me gustaba organizar campeonatos. En el Club había un ambiente de camaradería. Era un sitio maravilloso. Ahí se criaron mis hijas. Pero se nos quedó pequeño. Hay las mismas pistas que hace un siglo. En su día presenté a Teófila un proyecto que nos hicieron unos técnicos de Madrid muy buenos. En una parcela muy grande del proyecto de Astilleros se construirían nuevas pistas de tenis. Nos dieron muy buenas palabras, pero no se supo más de él. Ahora lo han cogido los hijos de unos socios y parece que lo están levantando.
–Además cantabas, eras Manu Leal.
–Eso fue una afición tardía porque yo no he sido músico nunca. Me dio por tocar el piano casi a los 40 años y cantar cantaba bien. Y, sobre todo, amenizar. Un día un amigo me pidió que fuera a amenizar la boda de su hija en el hotel Atlántico y esa misma noche me salió un contrato para otra y de la otra, otra más porque la gente se lo pasaba bien cantando conmigo. Era un dinerito guapo que entraba haciendo algo que me divertía. Acabé haciendo bodas por toda Andalucía. Iba en el coche con mi teclado, mis aparatos, mis luces… poco a poco mejorando el equipo.
–¿Qué cantabas?
–Salsa, merengue, chachachá. Los ritmos latinos eran lo mío.
–¿A cuánta gente has casado?
–Pues calcula. Fueron diez años y hacía unas veinticinco bodas al año. De vez en cuando me encuentro gente por la calle que me dice tú amenizaste mi boda, lo pasamos genial.
–Estamos hablando mucho de deporte y música, aunque tú lo que de verdad querías ser era artista, pintor.
–Era mi vocación. Coincidí en el mismo aula con Hernán Cortés y José Miguel Sánchez Peña. Ellos se fueron a seguir aprendiendo Bellas Artes en Sevilla y yo me quedé aquí. Si me hubiera ido ahora sería pintor, o profesor o no sería ná, pero sí, se me daba bien la pintura.
–¿Por qué no te fuiste? ¿No te dejó tu padre?
–Ni siquiera se lo planteé. Y eso que mi padre estaba muy orgulloso de mis cuadros, se los enseñaba a todos sus amigos.
–¿Entonces?
–No tenía entendimiento para que su hijo se dedicara al arte. Es muy difícil vivir de la pintura.
–Pues mira Hernán Cortés…
–Es uno. Hernán no sabe que se están jugando unos mundiales, no sabe quién es Marc Márquez… Vive para la pintura. De pequeño se fabricaba sus lienzos, sus pinturas. Nació para eso, su mundo es eso, apartado de todo.
–Sigues pintando, veo. ¿Todos los cuadros del restaurante son tuyos?
–Sólo los realistas. Los abstractos son de mi hija.
–¿Cuándo pintas? ¿De dónde sacas tiempo?
–Por la tarde planto aquí mi caballete entre la comida y la cena, antes de que lleguen los clientes. Éste es mi estudio.
–Desechado ganarte la vida con los pinceles, te inventaste los Sarays. ¿No te planteaste seguir con el puesto de frutas del mercado?
–No, no, me independicé de mi padre y monté un asador de pollos en la calle Plocia, en lo que era el Cuatro Naciones, que era una barra americana. Fue un éxito absoluto. Era algo absolutamente novedoso. Fíjate a dónde llegaría la cola para comprar pollos que en un año saqué para comprarme un coche y en dos ya tenía siete hamburgueserías.
–Por situarnos, era un tiempo en el que en Cádiz no se sabía lo que era un Burguer King ni un McDonald’s.
–Ni en Cádiz ni en toda España.
–¿Cómo te dio por ahí?
–Había visto muchas películas americanas del momento y comprendí que la alimentación del nuevo tiempo iba por la comida rápida. Además, era un negocio al que había que echarle muchas horas, pero era fácil de controlar.
–¿De dónde sacabas tantos pollos?
–No era fácil. Había épocas en las que no encontrabas pollos frescos. Un carnaval tuve que comprar pollos congelados de Avidesa y los descongelaba en la bañera de mi casa. Aquel domingo de carnaval vendí 800 pollos asados. Piensa, 800 pollos. Era un negocio bueno.
–Te harías rico.
–De rico nada, ni entonces ni ahora. ¿No ves que todo partía de menos cero?
–¿Cómo eran aquellos años 80 en Cádiz?
–Todo estaba concentrado en el casco antiguo. En la zona de San Carlos había una gran concentración de pubs. Por la noche no se podía pasar por las calles. En aquel Cádiz había más vida de noche que de día. Y donde había concentración de jóvenes yo montaba un negocio.
–Para el verano montaste el Saray del Paseo, que es este mismo local en el que estamos.
–Sí, éste era el único que tuve en propiedad. En verano esta calle era un enjambre porque ahí al lado estaba el pub el Bastinazo, que era el que estaba más de moda. En tan poco espacio se juntaban miles de personas. Cuando cerraba la venta normal me quedaba con una puerta abierta y un trabajador en la plancha hasta la seis o las siete de la mañana vendiendo hamburguesas, perritos, sandwiches, pollos, de todo.
“En aquel Cádiz había más vida de noche que de día, había pubs por todas partes”
–La hambruna nocturna juvenil es muy socorrida.
–Fueron buenos años. Luego cerraron el Bastinazo y otro que había enfrente que eran proveedores (hace el gesto de que se refiere a la cocaína) y el ambiente se fue diluyendo. Es ley de vida, la juventud nocturna es trashumante.
–En cierto modo, tú te mezclabas con la noche. Eras un personaje de la noche.
–Yo veía amanecer todos los días. En el centro me viene el sabor de los pepitos de ternera de madrugada del Lucero y en verano los de Casa Eusebio. Hacía vida con periodistas, policías, serenos… Con el tiempo la noche se fue apagando hasta llegar a ahora, que a la gente le ha dado por la tarde. Las costumbres cambian.
–También aquellos 80 eran peligrosos, los años de la heroína.
–Qué te cuento. He llegado a llevar una pistola de perdigones porque es que entraban a las bravas en las hamburgueserías y se llevaban la caja por la cara. En la oficina tenía un teniente de policía que me llevaba los papeles y con teniente y todo los tipos entraban. Yo decía a mis chavales que no ofrecieran resistencia y como yo tenía que hacer la recaudación de todos los bares todos los días tenía que ir protegido.
–¿Llegaste a usar la pistola?
–A usarla no, pero a enseñarla sí, varias veces. Había bandas peligrosísimas. Vamos, que te llevabas dos navajazos en cualquier callejón para llevarse nada. Como te pillaran solo en el callejón del Soto te dejaban sin la correa. En los alrededores de San Juan de Dios era tremendo. Te estoy hablando de gente con muertes a sus espaldas. Estaban los Piraña, o los Galleguitos, que era una familia del barrio, un hogar conflictivo.
–Tú eras boxeador, te sabías defender.
–Me sabía defender y tenía una máxima: ni los temía ni los despreciaba. Tenía una buena relación incluso, me pedían hamburguesas todos los días y yo era condescendiente, se las daba. El Galleguito éste que te digo apuñaló a dos egipcios, dos marinos, sin ninguna causa. Una discusión, sacó la navaja y zas zas, ahí los dejó medio muertos y se fue tan campante.
–La prostitución en la zona también influiría.
–La prostitución nunca daba problemas, daba dinero. Estaban el Pay Pay y el Salón Moderno y lo menos catorce barras americanas entre el Pópulo y Plocia. Yo alimentaba al personal para que recobrara fuerzas. Ten en cuenta todo el dinero que había entonces. En el muelle pesquero había más de un centenar de barcos amarrados con sus marineros que salían a gastarse la paga.
–¿Lo recuerdas con nostalgia?
–Siempre se recuerda la juventud con nostalgia. Por entonces yo era una fuerza de la naturaleza. Que me dieran la fábrica de tabacos que montaba una hamburguesería…
–Y paraste.
–Lo que te dije, la noche dejó de ser la noche y yo también tenía la idea de dar un giro. Cerré las hamburgueserías. Me hacía ilusión montar una bodeguita, un tabanco al estilo de los tabancos sanluqueños. Algo tranquilito. Y la cosa fue derivando y casi sin darme cuenta el tabanco se convirtió en esto, en un restaurante. Y nada tranquilo. ¿Sabes cuántas comidas serví el pasado domingo?
–¿Cuántas?
–150. Un no parar. Que está muy bien, pero que a mí lo que me gusta es hablar con el cliente, mimarlo. Porque lo mío es la calle, la venta.
–¿No piensas en jubilarte, pintar a tus anchas?
–Mira, yo conocí a mi mujer en el cortijo Los Rosales cuando ella tenía 14 años. La saqué a bailar y la primera vez me dijo que no y a la segunda que sí y desde entonces siempre juntos. Es mi mujer, es mi socia. Mis hijas están aquí y este negocio puede funcionar sin mí, pero no sin ella. De hecho, deberías haberla entrevistado a ella, que es más interesante que yo.
Diario de Cádiz – Cádiz
