Cuando las calles gallegas sólo eran de Manuel Fraga, Xosé Manuel Beiras se amotinó en la acera de enfrente. Gritó para recriminarle que no le pertenecían, para despertar a aquella oposición lozana incrédula por lo que juzgaban como la omnipresencia caciquil de Fraga y levantarlo del sillón presidencial. Nunca lo consiguió. Afable, pero con un aderezo de soberbia, de lengua viperina y letrada, Beiras besó la Constitución cruzando sus dedos sobre un ejemplar de Sempre en Galiza –Carta Magna del galleguismo de la pluma de Castelao–. Hombre insignia del nacionalismo democrático en Galicia, lo acunó y amamantó bajo su metonímico Bloque Nacionalista Gallego (BNG) durante 20 años, hasta que la parte ya no fue el todo y el nacionalismo gallego se convirtió durante décadas en un fantasma de su nombre. Mucho tiempo después, Beiras ha muerto a los 90 años, en la madrugada de este jueves, en A Reboraina, Brión, tras una vida descomunal.
Hombre insigna del nacionalismo gallego contemporáneo, representó desde los 90 hasta los primeros 2000 el reverso político del PP de Manuel Fraga con su Bloque Nacionalista Gallego, que dirigió durante 20 años. De carácter histriónico, fue un intelectual que renegaba de lo políticamente correcto y con el que las cámaras gallegas conocieron una fuerza diferente a la ‘popular’
Cuando las calles gallegas sólo eran de Manuel Fraga, Xosé Manuel Beiras se amotinó en la acera de enfrente. Gritó para recriminarle que no le pertenecían, para despertar a aquella oposición lozana incrédula por lo que juzgaban como la omnipresencia caciquil de Fraga y levantarlo del sillón presidencial. Nunca lo consiguieron. Afable, pero con un aderezo de soberbia, de lengua viperina y letrada, Beiras besó la Constitución cruzando sus dedos sobre un ejemplar de Sempre en Galiza –Carta Magna del galleguismo de la pluma de Castelao–. Hombre insignia del nacionalismo democrático en Galicia, lo acunó y amamantó bajo su metonímico Bloque Nacionalista Gallego (BNG) durante 20 años, hasta que la parte ya no fue el todo y el nacionalismo gallego se convirtió en un fantasma de su nombre. Ha muerto a los 90 años en la madrugada de este jueves, después de una intensa vida política
Xosé Manuel Beiras Torrado nació en Santiago de Compostela en 1936, a las puertas de la Guerra Cilvil, en el seno de una familia burguesa galleguista. Su padre, Manuel Beiras, fue uno de los artífices del Partido Galleguista en 1931 y refundador del mismo en 1978.
Su madre, Minia Torrado, crió a nueve hijos, de los que él era el mayor, y a los que inculcó su pasión por la música clásica. Los lazos paternos con el galleguismo sirvieron para costearle a Beiras una esmerada educación. Tras cursar Derecho en Santiago, Universidad de la que era catedrático de Estructura Económica, huyó a París para estudiar Ciencias Económicas y más tarde amplió sus conocimientos en la London School of Economics.
Xosé Manuel Beiras fue uno de los economistas gallegos más brillantes, con títulos publicados convertidos en verdaderas biblias, como El problema del desarrollo en la Galicia rural ó O atraso economico de Galicia. Era una mente privilegiada. Por su parte, la influencia cultural materna fue la causa de largas noches de insomnio dedicadas a la lectura y al café, junto a una afición también excesiva por el piano.
En su aventura parisina se prendó de los intelectuales galos del siglo XIX. «Los años de la peste de Fraga», amenazaba en clara alusión a Camus. Lo suyo, lo de Beiras y Fraga, no sólo fue un duelo político. Era visceral y, sobre todo, personal. «Iribarne cerraba revistas que yo dirigía por meternos con el sindicato vertical en un editorial», aseguraba el nacionalista en una entrevista. Quizás su declive político lo marcó 2001, cuando enterró el hacha de guerra con el barón popular.
Siempre con un aire desaliñado pero con sombrero, se presentaba a sí mismo como un conferenciante ácido, con un sentido griego de la política, donde quien consigue a los votantes es el mejor orador, que no charlatán. Emprendió su historia en la clandestinidad, creando en 1963 el Partido Socialista Gallego (PSG): el inicio de su caída a los infiernos. En 1971 ascendió hasta la secretaría general del partido, cargo que desempeñaría con entereza hasta 1977, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas y sus primeros comicios dramáticos. Entonces fue el cabeza de lista para el PSG por La Coruña y no sumó ni para un escaño. Separado ya de su primera mujer, con la que tuvo dos hijos, cayó enfermo. Se retiró de la política y dejó la universidad. Tal es la decepción de la derrota, que se sometió a diagnóstico psiquiátrico. Pero tras un año de tratamiento y cinco de sombras políticas, Beiras resurgió de sus cenizas. «Acababa haciéndole la psicoterapia a ellos (los médicos)», bromearía más tarde.
Espontáneo e indomable, comenzó a la labrar el BNG en 1982, del que fue portavoz nacional hasta 2003. En las elecciones autonómicas de 1985 logró el primer escaño de la formación nacionalista y Beiras se sentó en el Parlamento gallego de forma ininterrumpida hasta 2005. Era este, el del BNG, una nacionalismo adaptado a los nuevos tiempos. Beiras acataba la Constitución, no buscaba la independencia. Sabía cuales eran las normas del juego y las aceptaba.
«Galleguista es un apelativo propio del franquismo. Yo soy nacionalista, pero no chovinista, xenófobo ni reaccionario», decía con asiduidad. Quizás radica ahí la razón de que en los comicios de 1997 el BNG asaltase la cámara autonómica con 18 escaños. Fraga consiguió igual la mayoría absoluta, pero por fin existían en Galicia dos señas de identidad. La derecha centrada y la izquierda ilustrada. De ahí saltó al Congreso, al Senado y al Parlamento Europeo. Y eso que Beiras representaba un nacionalismo que renegaba de los grilletes europeos, pero acabó cediendo a Estrasburgo consciente de que ahí «se cuecen cosas importantes para Galicia».
El vertiginoso auge de Beiras sólo tuvo una razón: no omitía ninguna palabra para escupir verdades. Aunque en varias ocasiones le sobrepasaba el ansia: «¡A fusilarlos a todos!», gritó a sus fieles mancebos en una multitudinaria charla en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Santiago de Compostela. Verdades que encontraron un gran apoyo de los que entonces eran jóvenes. Y verdades por las que, por ejemplo, renunció a su sillón en la Academia Gallega cuando se debatía la Ley de Normalizacion Linguistica del Gallego. Era un intelectual, y un hombre de principios.
Aunque no hay partido que aguante más de 20 años a un líder que pierde, o, mejor dicho, nunca gana las elecciones. En 2005 comenzó a desvincularse poco a poco del BNG, al rechazar ir en las listas para los comicios auonómicos de junio. Sin darse cuenta, deambuló por la política gallega perdiendo cada vez más el rumbo. Decía buscar a los desencantados con el nacionalismo e intentó reagruparlos, con escaso éxito, en una corriente interna del BNG llamada Encontro Irmandiño. Nada fue lo mismo. Acabó fundando en 2012 un nuevo partido, Anova. En vez de congregar al galleguismo acabó rompiéndolo. No sólo él, sino todo el entramado nacionalista.
Lejos quedaba ya aquel showman marxista que con zapato en mano ponía en vereda a Fraga con una determinación que envidiaría el mismísimo Jrushchov. Beiras acabó perdiendo la cabeza y protagonizando episodios que rozaban más el ridículo y lo irrisorio que la denuncia. Como estar al borde del llanto en el hemiciclo y acercase, frente a frente, a Alberto Núñez Feijóo, dar un puñetazo en la mesa y recriminarle unas supuestas relaciones con el narcotráfico.
Tristes recuerdos finales que desvirtuaron por momentos su inolvidable figura: entre un hombre de Estado y un completo histrión, Xosé Manuel Beiras fue un joven sublevado hasta su muerte.
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