Nadie protesta en la Rusia de Putin, pero la guerra empieza a pasar factura a su popularidad

Refinerías bombardeadas y gigantescas columnas de humo sobre las ciudades por todo el país, bloqueos de Internet, reclutamientos forzosos, crisis económica y, en pleno periodo estival, racionamiento de combustible. Nada de esto ha provocado manifestaciones en Rusia y nadie las espera. Los índices de popularidad del presidente, Vladímir Putin, sí han bajado drásticamente estos últimos meses, pero tres de cada cuatro rusos aprueban su gestión y, aún más importante, el mandatario cuenta con un par de millones de agentes de seguridad a su servicio.

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 Las bajas en el frente, la amenaza de un nuevo reclutamiento masivo y los recortes en el suministro de combustible reducen el apoyo social al Kremlin  

Refinerías bombardeadas y gigantescas columnas de humo sobre las ciudades por todo el país, bloqueos de Internet, reclutamientos forzosos, crisis económica y, en pleno periodo estival, racionamiento de combustible. Nada de esto ha provocado manifestaciones en Rusia y nadie las espera. Los índices de popularidad del presidente, Vladímir Putin, sí han bajado drásticamente estos últimos meses, pero tres de cada cuatro rusos aprueban su gestión y, aún más importante, el mandatario cuenta con un par de millones de agentes de seguridad a su servicio.

En todo caso, Putin camina sobre un frágil equilibrio: la espiral de silencio que reinaba en Rusia, el miedo a ser marginado por manifestar una opinión, se ha quebrado este año y muchos rusos hablan abiertamente con sus vecinos sobre el impacto de la invasión de Ucrania en sus vidas. El Kremlin apuesta por una guerra de desgaste con la confianza de que la sociedad ucrania sucumbirá, pero los murmullos de su propio pueblo le obligan a calcular bien sus próximas medidas represivas, inevitables para proseguir con un conflicto que ya va por su quinto año y puede durar varios más.

Apenas un 52% de los rusos cree que el país va en la dirección correcta, dos puntos porcentuales más que en enero de 2022, justo antes de comenzar la invasión de Ucrania, según el centro de estudios sociológicos independiente Levada. Se trata de un porcentaje muy bajo para un régimen que controla todos los medios y presenta a su pueblo contra un supuesto enemigo común: Ucrania y Occidente, según el relato oficial. Este índice de aprobación había estado siempre por encima del 70% desde que Putin ordenó el ataque hasta que la crisis económica comenzó a notarse a finales de 2025.

Los sondeos de Levada ofrecen una fotografía creíble del país. La desconfianza hacia sus resultados en un entorno represivo es comprensible, pero el centro, con casi 40 años de historia, sigue unos estándares rigurosos en sus encuestas. Sus profesionales no llaman por teléfono o paran a gente al azar en mitad de la calle, sino que realizan entrevistas personales domicilio a domicilio. Un proceso que su director, Alexéi Levinson, cataloga como “complejo y costoso”, pero que, sostiene, “ha demostrado ser el más fiable en las ciudades y pueblos rusos”.

La imagen de Putin también se ha visto empañada este año por la acumulación de problemas. Su aprobación ha bajado de un 85% al 75%, según otra encuesta de Levada. Una caída llamativa, aunque todavía lejos de su punto más bajo: el 59% de abril de 2020 por los confinamientos del coronavirus, un suelo bajo para un autócrata.

Aquella caída de popularidad preocupó al Kremlin hasta el punto de levantar prácticamente todas las restricciones contra la covid a cambio de un exceso de mortalidad de más de un millón de muertos, según los estudios publicados por la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos y la revista científica Lancet. Como comparación, en la guerra de Ucrania han muerto hasta la fecha 217.808 militares rusos, según una investigación de la británica BBC y el medio ruso prohibido Mediazona, que calculan que la cifra real llega a los 352.000 fallecidos.

El Kremlin colgó al centro Levada la estigmatizante etiqueta de agente extranjero. Sin embargo, la imagen que proyectan sus encuestas se ve respaldada por los sondeos de las instituciones oficiales, con unos resultados incluso peores para Putin. Según la agencia de sondeos del Kremlin, VTsIOM, la aprobación de Putin se ha desplomado al 66,9% desde el pico del 79,2% que alcanzó en mayo de 2025, sufriendo en junio de este año su mayor caída porcentual en una semana desde 2018.

Los rusos se unieron en torno a su bandera al comenzar el conflicto, pero esto ya no le sirve al Kremlin para tapar todos sus problemas tras cuatro años y medio de guerra. El descontento hacia las autoridades ha vuelto a los niveles previos a la invasión de Ucrania, cuando se acumulaban las quejas por la reforma de la edad de jubilación, la gestión del covid, la represión desatada tras la detención del disidente Alexéi Navalni en enero de 2021 y el propio cansancio de tres décadas de putinismoextendidas hasta 2036 gracias a unas enmiendas en la Constitución en plena pandemia.

“La escasez de combustible no representa un punto de inflexión, ya ha habido muchos antes, y la gente se está adaptando a esta crisis”, afirma por correo Andréi Kolésnikov, analista político de Rusia.

El director del centro de análisis Riddle, Antón Barbashin, comparte una opinión parecida por teléfono. “Esta crisis no llegará a ser un punto de inflexión; solo puede darse un punto de inflexión en la línea del frente”, sostiene Basbashin. Y añade: “Los ataques ucranios están generando muchos problemas e incomodidades, pero no hay indicios de que los rusos responsabilicen a Putin”.

En opinión de Barbashin, el presidente ruso “puede y va a imponer sus prioridades presupuestarias, y la situación se volverá cada vez más difícil, pero los recursos de la economía rusa aún no se han agotado. Ni mucho menos”.

El gasto militar y policial ronda el 40% del presupuesto ruso pese a que la crisis se ha hecho evidente desde 2025. De hecho, el Ministerio de Finanzas barajaba recortar partidas “no esenciales”, es decir, sociales, justo antes de la guerra desatada por Israel y Estados Unidos contra Irán el pasado febrero.

La crisis de Ormuz supuso un empujón a las exportaciones de petróleo ruso durante unos meses, pero ha sido solo un espejismo. El barril de petróleo ruso Urals, que incluye descuentos para compensar las sanciones, ha caído a unos 41 dólares a principios de julio, lejos de los 59 que equilibran el presupuesto de este año, y el déficit superó en junio el 2,5% del producto interior bruto frente al 1,6% previsto para todo el año.

Para colmo, Rusia, potencia petrolera, ha comenzado a importar combustible de terceros países para paliar su escasez. Según el Gobierno, los ingresos presupuestarios por petróleo y gas cayeron un 22,7% en el primer semestre, hasta los 3,66 billones de rublos (más de 40.000 millones de euros), y Reuters estima que sus refinerías han perdido un 25% de su capacidad productiva por los ataques ucranios.

No obstante, la merma de la capacidad bélica rusa no implica su colapso. Los ingresos por hidrocarburos solo representan un 20% de todo el presupuesto. “El presupuesto ya se ha sobrepasado, aunque a Putin parece importarle poco. El déficit seguirá creciendo, al igual que la falta de financiación para todo tipo de sectores y la intensificación de la presión fiscal”, advierte Kolésnikov.

El Kremlin optó por ofrecer salarios altos por alistarse al ejército tras su dramática movilización forzosa de 2022, uno de los momentos más tensos de la guerra. Sin embargo, hay indicios que apuntan a que su ritmo de reclutamiento ha caído por debajo de los 30.000 hombres al mes que alistaba hasta el año pasado.

Putin calificó su invasión de Ucrania como una “operación militar especial”, pero su portavoz, Dmitri Peskov, asumió a principios de julio que esta ya es “una guerra” librada contra Occidente. Según la doctrina militar rusa, ese nuevo estatus podría implicar una mayor movilización, tanto en la industria como en el reclutamiento de tropas.

Y la movilización es una línea crítica para la población. A mediados de junio saltaron las alarmas al saberse que muchos hombres estaban siendo llevados a la fuerza a centros de reclutamiento en Penza, a 500 kilómetros al este de Moscú. El comisario militar de la región, Andréi Surkov, declaró que no era una movilización, sino una serie de redadas “con el propósito de buscar a ciudadanos que evaden el registro militar o han abandonado sus unidades sin permiso”.

Algunos expertos militares rusos han apuntado a este periódico que una movilización no alteraría la situación en el frente. Además, podría agravar los problemas de Rusia. Cuando el Kremlin acometió esta medida en 2022, cientos de miles de hombres se marcharon del país o se escondieron, y se desataron protestas que fueron rápidamente reprimidas por la policía.

Kolésnikov remarca que el cansancio de los rusos es hoy palpable y el Kremlin deberá calcular sus próximas medidas represivas para no sobrepasar unos niveles de irritación que todavía son tolerables para la población.

“Una nueva movilización no solo destruiría el mercado laboral, sino también el contrato social del Kremlin con la población, que, tras cuatro años y medio de guerra, se niega a seguir pagando al Estado con la vida de sus hombres”, advierte Kolesnikov. “Creo que las autoridades continuarán con su política de movilización latente y replicarán [en otras regiones] la experiencia de Penza”, opina el experto.

“No temas por tu amada patria, el pueblo ruso ya ha sufrido bastante y sobrevivirá a lo que el Señor le depare. Lo soportará todo, y un camino amplio y despejado se abrirá a sus corazones”, escribía en una de sus obras el dramaturgo ruso Nikolái Nekrásov. Dos siglos después, la filosofía sigue siendo la misma.

Los rusos no vislumbran ninguna protesta contra el Kremlin próximamente. En esto coinciden todas las agencias de sondeos, tanto las independientes como las controladas por las autoridades.

En pleno apogeo de los cortes de Internet, una encuesta de Levada recogía en abril que un 72% de los rusos no veía ningún potencial para que la población salga a protestar y otro 8% no sabía qué contestar, mientras que solo un 20% creía posible una manifestación.

El porcentaje de rusos que veía posible una protesta apenas había crecido respecto al 14% registrado a finales de 2024, el momento más estable de la guerra, y seguía siendo bastante inferior al 42% de enero de 2021, que marcó un antes y un después en la represión rusa. Aquel mes comenzó la represión sistemática tras el arresto del disidente Alexéi Navalni, que falleció envenenado tres años después en prisión.

Otro resultado demoledor del sondeo era que solamente un 16% de los encuestados estaba dispuesto a unirse a unas hipotéticas protestas. Y lo cierto es que el riesgo de manifestarse es muy alto: al menos 4.801 personas son hoy víctimas de la persecución política en Rusia, 2.175 se encuentran en prisión y muchas más han dejado atrás sus hogares por el exilio, según la organización de derechos humanos OVD-Info, declarada “extremista” por el Kremlin.

Las observaciones de Levada están en línea con resultados más recientes de los centros de sondeos oficiales, ya realizados en plena crisis del combustible. La agencia del Kremlin VTsION señala que un 18% de los rusos ve potencial para protestas y un 14% se sumaría a ellas, mientras FOM recoge que un 16% piensa que unas hipotéticas manifestaciones tendrían un seguimiento masivo frente al 44% que cree que serían pequeñas.

Aun así, el malestar flota en el aire. “La situación está absolutamente bajo control, es predecible y existe el margen de seguridad necesario”, dijo a mitad de julio el portavoz Dmitri Peskov.

El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, acabó el pasado 9 de julio con cualquier esperanza que tuvieran sus ciudadanos sobre una tregua próxima. “El presidente ha remarcado claramente que seguiremos trabajando para alcanzar los objetivos que estableció en su discurso de junio de 2024”, afirmó Lavrov. Estos objetivos, además de incluir la ocupación completa de las regiones ucranias de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, incluyen el desarme de Ucrania, su abandono por Occidente y la imposición de un régimen afín a Moscú.

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