Lejos de ser un bálsamo tras la terrible temporada, tampoco está resultando un Mundial fácil para ser aficionado del Real Madrid. Los éxitos de nuestros jugadores me llegan con sordina y los celebro con anestesia. Veo a Kylian Mbappé fino, veloz y mortal y le miro con los mismos ojos celosos de los padres que descubren que su hijo, arisco y extraño en casa, fuera es un despiporre. No hay que ser como Mbappé.
Veo a Mbappé con los mismos ojos celosos de los padres que descubren que su hijo, arisco y extraño en casa, fuera es un despiporre. Y Vini busca piso en Idealista
Lejos de ser un bálsamo tras la terrible temporada, tampoco está resultando un Mundial fácil para ser aficionado del Real Madrid. Los éxitos de nuestros jugadores me llegan con sordina y los celebro con anestesia. Veo a Kylian Mbappé fino, veloz y mortal y le miro con los mismos ojos celosos de los padres que descubren que su hijo, arisco y extraño en casa, fuera es un despiporre. No hay que ser como Mbappé.
Y todo así. Mandamos a Endrick al internado de Ancelotti pero allí también le hacen bullying. A Vinicius le va mejor. Me alegro sinceramente porque le hemos criado y aceptamos sus cosas, pero fisgamos en su historial y está buscando piso en Idealista. Pienso en la marcha y se me viene el techo encima. Asisto a los partidos de Brasil ya con nostalgia, también con indecisión: cada gol del 7 encarece una renovación que el club no parece dispuesto a pagar, pero a la vez la hace más inevitable. El grito no me sale limpio, el puño se me cierra escéptico, casi como con un gol de Lamine Yamal.
A Bellingham le dan MVPs hasta cuando no los merece y busco explicación a por qué en Estados Unidos parece un cisne y en Madrid un culturista pesado. ¿La tele engorda sólo en algunos sitios? Pienso todo el rato en Mourinho viendo el Mundial en un laboratorio, ajustando las dosis en las probetas para mezclarlo todo sin que explote. ¿Quién verá esos desmarques corajudos de Cucurella, el rey de los centros de cabeza? ¿Arda? Nos ha fracasado el chico, sin que nadie lo viera, en partidos a las cuatro o las seis de la mañana.
La alegría sólo me resulta pura con Cristiano Ronaldo. Le paso facturas con sus goles a mi colega Rui, un portugués secuestrado por Messi. En 2126, el Mundial de 2026 serán ellos aunque lo gane Cabo Verde. Su batalla enloquecida contra la edad, como la de dos tecnomagnates de Silicon Valley, es la única que merece la pena librar. Son los últimos de su especie y debemos acompañarles como los soldados japoneses de la Segunda Guerra Mundial que se rindieron en 1974. Disfrutemos de la locura. ¿Alguien se imagina a Mbappé en el Mundial de 2038 o a Lamine en el de 2046?
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