Tensión en Santa María: nuevos narcos, viejos miedos

El barrio que sobrevivió al caballo maldito, vuelve a mirar atrás ante un negocio que nunca se fue del todo
La llegada de traficantes de fuera ha hecho saltar por los aires la convivencia
El espíritu del 11006 ruge contra la droga El barrio que sobrevivió al caballo maldito, vuelve a mirar atrás ante un negocio que nunca se fue del todo
La llegada de traficantes de fuera ha hecho saltar por los aires la convivencia
El espíritu del 11006 ruge contra la droga  

El poli grande imponía respeto en el barrio cuando perderse por sus callejuelas era tan seguro como hacerlo en el bosque de Sherwood. Conocía a los camellos por el olor y tenía una paciencia de cocodrilo. Además poseía otra cualidad que le hacía el mejor en lo suyo: no era escrupuloso. A la mayoría de sus compañeros les gustaba coger kilos y kilos de drogas. Si eran toneladas, mejor. Grandes golpes. Pero pocos eran capaces de hacer lo que hacía el poli grande, meterle los dedos en la boca a un politoxicómano con VIH o hepatitis C para sacarle las dos papelas de heroína que llevaba pegadas en el paladar o hurgar en sus pantalones para encontrar esa droga escondida en los lugares más sucios que uno pueda imaginar. Para eso no todo el mundo está preparado. El poli grande lo estaba.

La orografía del barrio de Santa María lo hace muy particular. Calles estrechas, largas, con poco sitio para el disimulo y muchos puntos para soltar un agua a las primeras de cambio. Un caldo de cultivo perfecto para que, históricamente, progresaran en el negocio narcos dedicados al trapicheo. No hay nada más dañino que el menudeo de drogas para la sociedad. Ese gramo que se vende al lado de un colegio es mil veces más peligroso que los grandes alijos que suben el Guadalquivir en lanchas encabritadas.

Y, además, hay una parte del relato que nunca se cuenta. Los camellos más modestos se disfrazan de inofensivos. Pero no lo son. Entre otras cosas porque los hay que se codean con escalafones superiores del crimen organizado. Pocos saben que un traficante de Santa María, de apodo rocambolesco y que también hizo sus pinitos en la hostelería gaditana, fue de los primeros de España en contactar con los grandes cárteles colombianos para vender su farlopa. Un visionario. Estuvo siete años en la lista de los fugitivos más buscados de Andalucía, hasta que un confidente del barrio lo vendió a la pasma por 50 pavos aprovechando su costumbre de desplazarse cada semana desde las Tres Mil Viviendas sevillanas para visitar a su madre, que vivía en la calle San Miguel. Un veterano agente de la Udyco le siguió los pasos, le pidió su viejo y falsificado DNI y le echó el guante mientras se tomaba un café en la puerta de un salón de juegos de la calle Plocia.

En la época más dura de la droga en Santa María, cuando Martínez Ares cantaba aquello de barrio, hay un caballo maldito en mi barrio, había unos cuantos gallos que mandaban en el corral. En Teniente Andújar existía uno de los puntos más importantes, con un trasiego constante. La Junta de Andalucía cedió a la unidad de Pequeño Tráfico de la Udyco de la Comisaría Provincial una vivienda cercana para poder hacer las vigilancias y tratar de coger al traficante en plena transacción.

En Botica había otro gran vendedor. Un tipo tranquilo. Se sentaba en la puerta de la finca, como el que espera una buena conversación a la fresca, y desde allí repartía juego a dos manos. Guardaba el material en los contadores de la luz que se situaban en la casapuerta. Todo un clásico.

Pero el mayor narco de la época vivía en la calle Mirador y proveía de coca al mismísimo clan de Lola la Pinilla, en Sanlúcar. Agentes policiales de la época recuerdan que en una redada en la Cuesta de las Calesas se detuvo a un señor que llevaba un kilo de polvo blanco colombiano con destino a la costa noroeste. Sin embargo, no se le pudo vincular con este hombre, fallecido ya, y que demostró una inteligencia muy por encima de la media para hacer negocios fuera de la ley sin ser detectado.

La cuestión del tráfico de drogas en Santa María, como en otros barrios de la ciudad, funciona con valles y picos periódicos. Cuando un nuevo elemento altera el ecosistema todo se descontrola. Es lo que ha pasado actualmente y por lo que los vecinos del barrio han llenado de pancartas sus balcones y se manifestaron el pasado viernes. Hay que poner el parche antes de que el grano se convierta en un forúnculo supurante. “Esto se veía venir desde hace tiempo”, comenta un veterano de la lucha policial contra la droga. “Hay que estar mucho en las calles, pateárselas, gastar mucha suela, tener confidentes, conocer a los malos por sus nombres, por sus apodos, a sus familias, donde paran, qué hacen, a quién le compran y a quién le venden. Hay que jugar en equipo. No se puede mandar a la UPR o a la gente de Seguridad Ciudadana a ciegas a una zona tan complicada. Antes hay que darles las claves para que puedan ir sobre seguro”, asevera.

Fuentes consultadas por este periódico aseguran que han llegado dos nuevos vendedores al barrio que están poniendo las cosas difíciles. Uno de ellos procede de Sevilla y se ha emparejado con una chica descendiente de una familia con pasado turbulento. Los agentes advierten que este nuevo jugador ha cambiado las reglas sobre el tablero, introduciendo elementos más violentos. Y armas. Cosa seria. El otro que más preocupa ha llegado a Santa María desde la otra orilla del Estrecho de Gibraltar. Han diversificado las ventas. “Ofrecen la típica micra de rebujito, pero también cocaína, éxtasis, heroína y hachís. De todo un poco, o un mucho”, nos aseguran.

Y mientras unos pocos quieren volver a llenar las calles de Santa María de caminantes blancos que arrastren los pies, el resto de sus vecinos desea pasear sin tener que mirar atrás a cada paso ni temer que al volver una esquina alguien les coloque una navaja bajo el gaznate. El barrio se niega a perder, otra vez, su sonrisa. Y su futuro.

 Diario de Cádiz – Cádiz

By info@cadizvibrante.com

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