Un asunto sensible

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Por supuesto que no tiene trazas de que se vaya a convertir en un best seller, y no está escrito (es un decir) por algunos de los jóvenes influencers de turno a cuyos lanzamientos y firmas suelen acudir cientos, a veces hasta miles de lectores (otro decir). De modo que a los involucrados en el proyecto editorial que se hacía público durante la reciente Feria del Libro madrileña, nos pareció algo normal que apenas unos 20 interesados y amigos asistieran a la presentación formal de ese pequeño libro bautizado con un título tan poco atractivo como No te olvides de las enfermedades olvidadas (Lunwerg, Planeta, 2026). No obstante, lo que sí sabíamos es que ese modesto cuaderno, que cumple una iniciativa del Instituto de Salud Global de Barcelona y se arma con una combinación de viñetas gráficas encabezadas por la obra de Forges y con textos breves de diversos autores, está dedicado a una cuestión tan candente como la marginación a que están sometidos los estudios y tratamientos de algunas enfermedades. En fin, que el asunto no es atractivo, como resulta evidente. Peor aún: permanece rodeado por la patente evidencia de que la mayoría de los ciudadanos de las partes favorecidas del mundo no tienen idea de qué son las enfermedades olvidadas (EO) o las enfermedades tropicales desatendidas (ETD) y, por lo tanto, los involucrados en la gestación del volumen teníamos que darnos por satisfechos con semejante audiencia, aunque con la esperanza de que la semilla lanzada al viento quizás caiga en algún surco fértil.

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 Las investigaciones para combatir las enfermedades olvidadas atraviesan una situación crítica por los recortes de los países ricos a la ayuda al desarrollo  

Por supuesto que no tiene trazas de que se vaya a convertir en un best seller, y no está escrito (es un decir) por algunos de los jóvenes influencers de turno a cuyos lanzamientos y firmas suelen acudir cientos, a veces hasta miles de lectores (otro decir). De modo que a los involucrados en el proyecto editorial que se hacía público durante la reciente Feria del Libro madrileña, nos pareció algo normal que apenas unos 20 interesados y amigos asistieran a la presentación formal de ese pequeño libro bautizado con un título tan poco atractivo como No te olvides de las enfermedades olvidadas (Lunwerg, Planeta, 2026). No obstante, lo que sí sabíamos es que ese modesto cuaderno, que cumple una iniciativa del Instituto de Salud Global de Barcelona y se arma con una combinación de viñetas gráficas encabezadas por la obra de Forges y con textos breves de diversos autores, está dedicado a una cuestión tan candente como la marginación a que están sometidos los estudios y tratamientos de algunas enfermedades. En fin, que el asunto no es atractivo, como resulta evidente. Peor aún: permanece rodeado por la patente evidencia de que la mayoría de los ciudadanos de las partes favorecidas del mundo no tienen idea de qué son las enfermedades olvidadas (EO) o las enfermedades tropicales desatendidas (ETD) y, por lo tanto, los involucrados en la gestación del volumen teníamos que darnos por satisfechos con semejante audiencia, aunque con la esperanza de que la semilla lanzada al viento quizás caiga en algún surco fértil.

Porque, si bien no es atractivo, lo cierto es que se trata de un asunto sensible (como habría podido decir el colega Miguel Barroso), incluso muy sensible. Y es que, precisamente por tanto olvido e indolencia esas EO o ETD constituyen uno de los grandes desafíos de la salud planetaria. Ellas fueron las causantes, a nivel global, de entre 7,7 y 10 millones de muertes en la década que se cerró en 2024 y es útil anotar que, según datos actualizados, alrededor de 1.500 millones de personas requieren de intervenciones preventivas o curativas, lo que equivale a un alarmante 18% de la población mundial. Pero —otro pero que explica el olvido la desatención y la indolencia de ciertos poderes— la previsible realidad es que su presencia y efectos se concentran en las regiones más pobres y pobladas de la Tierra, o sea, el sur de Asia, África y América Latina, aunque su caldo de cultivo no es solo una cuestión geográfica o climática. Su proliferación está íntimamente relacionada con factores socioeconómicos como la desigualdad, la pobreza, la falta de saneamiento (acceso al agua potable) y las políticas sanitarias poco eficientes que sufren muchos ciudadanos de esos contextos.

La lista de estos padecimientos incluye enfermedades tan conocidas como la malaria, causante de seis millones de muertes en la última década y de la que solo en 2024 se reportaron 280 millones de casos con más de 600.000 decesos. Incluye otras que pueden parecer rémoras del pasado, como la enfermedad de Chagas y la lepra. Y cuenta, además, con virosis trasmitidas por vectores como los mosquitos, enfermedades con nombres que, en otras relaciones semánticas hasta pudieran resultar simpáticos, no solo exóticos: dengue, oropouche, zika, chikungunya —virus por los que estuve personalmente asediado durante el verano pasado en mi país—.

Resulta al menos alentador que, mientras presentábamos nuestro modesto volumen advirtiendo sobre la presencia y proliferación de estos padecimientos y la necesidad de financiamientos importantes para estudiarlos y combatirlos, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas aprobaba en Ginebra una resolución que convierte una veintena de enfermedades tropicales desatendidas en una cuestión no solo sanitaria o científica, sino de derechos humanos.

Como se comentó en las páginas de este diario, la mentada resolución fue presentada por la representación de Malaui y contó con el respaldo de otros cinco países africanos duramente golpeados por estos males y, sobre todo, por las causas que los aúpan: y vuelve a aparecer el flagelo de la pobreza y las lamentables condiciones sanitarias en que viven tantos millones de personas, los eternamente olvidados de la Tierra.

Gracias a esta resolución, el sensible asunto de esos padecimientos ahora no solo será considerado como un problema que se combate con medidas sanitarias, sino que es admitido —al menos por la ONU— como una cuestión de carácter humanitario (el humano derecho universal a la sanidad del que tanto se habla en los países ricos y democráticos), mientras se aguarda un informe de la Oficina del Alto Comisionado del organismo mundial que podría proponer medidas concretas en esta batalla por la vida, por una vida digna y mejor.

La realidad, mientras tanto, ahora mismo resulta desalentadora. Porque ni pequeños esfuerzos para gestionar sensibilidad como un modesto libro o grandes gestos para alcanzar acuerdos como el de la Comisión de Derechos Humanos llegan en un contexto financiero y científico favorable.

Y es que hace poco más de un año, como parte de sus agresivas políticas económicas y sociales, la actual Administración estadounidense, luego de suspender o cancelar alrededor del 83% de los programas de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), impulsó el desmantelamiento de esa entidad, creada en 1961 por el presidente John F. Kennedy, y dispuso la transferencia de sus funciones remanentes al Departamento de Estado.

De más está recordar que la USAID fue utilizada a lo largo de sus más de 60 años de existencia para muchos fines, incluidos los más perversos. Aunque a la vez es preciso reconocer que fue, también, el principal organismo financiador de ayuda humanitaria y de desarrollo a nivel global. Áreas como la salud, la nutrición, la educación, el saneamiento y las respuestas a crisis humanitarias contaron con su apoyo, y no solo financiero. Según me informa un experto en estos temas, el soporte de la USAID evitó, en el periodo que corre entre 2001 y 2012 unos 91 millones de muertes, de las cuales 30 millones hubieran correspondido a niños menores de cinco años. Pero, para el actual inquilino de la Casa Blanca los gastos de la USAID eran un despilfarro.

La desaparición de semejante soporte económico, junto a otras posturas distantes de los países ricos, ha colocado en una situación crítica a muchas de las entidades que realizan investigaciones para combatir estas enfermedades. La cuestión vuelve a ser de riqueza o pobreza, y las consecuencias las pagan y pagarán los mismos de siempre.

Pero… y aquí no faltan los peros: en un mundo tan globalizado, en donde, como ocurre con la información, ciertas crisis sanitarias saltan por encima de las fronteras (¿recuerdan la covid-19?) nadie puede creerse a salvo de unos males para ellos desconocidos u olvidados y que pueden parecer lejanos, cosas que solo afectan a otros.

El gran problema es que, según recuerda El Gran Wyoming en el epílogo de ese modesto librito que pide menos olvido, alguna vez existió “un mundo donde la investigación no estaba al servicio de la Industria, sino de esos que llamamos ‘el ser humano’ y que debemos proteger por encima de todas las cosas” y, por ello, al cierre de su intervención, pide: “Recuperemos aquel patrimonio del que fuimos despojados cuando la ciencia estaba al servicio de la humanidad y no de la usura”. Entonces, quizás, haya menos olvido y desatención para un asunto tan sensible que afecta el derecho humano a una vida mejor, no solo para algunos, sino para todos.

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