Zverev, el campeón incómodo, acaba con el sueño americano de Shelton y levanta su segundo Grand Slam

«Odio hablar de esto. Odio que los jugadores tengan que hablar de esto. Odio que John McEnroe tenga que hablar de esto. Me lo preguntan todo el tiempo, como si me divirtiera. No abro champán cada vez que acaba una temporada más. Probablemente no hay nadie que quiera más que yo que esta racha acabe». Andy Roddick, hoy convertido en podcaster de éxito, lleva años intentando desprenderse de una estadística que se ha convertido en una maldición nacional. Desde que él ganó el US Open de 2003 a Juan Carlos Ferrero, ningún estadounidense ha vuelto a levantar un Grand Slam. Y cada año que pasa, la condena pesa un poco más.

 El estadounidense, lastrado por los nervios, vuelve a dejar a su país sin campeón desde 2003; el alemán encadena Roland Garros y Nueva York y se acerca al número uno pese a la sombra que acompaña su carrera  

«Odio hablar de esto. Odio que los jugadores tengan que hablar de esto. Odio que John McEnroe tenga que hablar de esto. Me lo preguntan todo el tiempo, como si me divirtiera. No abro champán cada vez que acaba una temporada más. Probablemente no hay nadie que quiera más que yo que esta racha acabe». Andy Roddick, hoy convertido en podcaster de éxito, lleva años intentando desprenderse de una estadística que se ha convertido en una maldición nacional. Desde que él ganó el US Open de 2003 a Juan Carlos Ferrero, ningún estadounidense ha vuelto a levantar un Grand Slam. Y cada año que pasa, la condena pesa un poco más.

Estados Unidos ha recuperado músculo. Tiene seis tenistas entre los primeros puestos del ranking ATP, una generación que ha devuelto la ilusión y una nueva escuela que funciona –con el español José Higueras como uno de sus impulsores-. Pero el título sigue sin llegar. Ni con las idas y venidas de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, ni con una generación que parecía preparada para romper por fin la maldición. Este 2026 tampoco será. Dos años después, Estados Unidos volvió a colocar a uno de los suyos en la final del US Open y, dos años después, volvió a perderla. Esta vez fue Ben Shelton, derrotado por Alexander Zverev por 6-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2, en tres horas y 33 minutos de partido.

Por edad, 23 años, por potencia y por arrojo, Shelton parecía un magnífico candidato para acabar con la espera. Pero en su primera final de Grand Slam descubrió que una cosa es jugar para llegar hasta allí y otra muy distinta hacerlo cuando todo un país ansía gloria. En los momentos decisivos, sus nervios pudieron más que su tenis. Lo dicen los detalles. Perdió el primer set después de conceder dos breaks a Zverev, ambos después de sendas dobles faltas. En el tie-break del segundo, dos errores no forzados terminaron de entregarle la manga al alemán. Y en el cuarto, después de brillar en el tercero, multiplicó sus fallos para entregar el título. No fue una derrota provocada por la falta de tenis, sino por la dificultad de Shelton para sostenerlo.

Kirsty WigglesworthAP Photo/Kirsty Wigglesworth

Había demostrado en los cuartos de final ante Alcaraz que su juego puede desarmar a cualquiera, especialmente en una superficie rápida, cuando su saque se convierte en un problema casi irresoluble. Pero todavía le falta un punto de madurez. Si sigue por la misma senda, las oportunidades volverán, no cabe duda. Pero Taylor Fritz ofrecía no hace tanto exactamente la misma sensación. Y el tiempo pasa. La espera también.

Entre la decepción de Shelton, Zverev celebraba su segundo título de Grand Slam, el segundo de este año después de Roland Garros, un triunfo que le eleva en la historia y que incluso podría llevarle al número uno del ranking ATP. A sus 29 años, en París rompió su maldición particular, aquella que durante años le presentó como un tenista excepcional al que siempre le faltaba un Grand Slam. Este domingo, en la final del US Open, apareció mucho más sereno, incluso tranquilo.

«En Roland Garros tenía miedo, es la verdad. Todos los días en rueda de prensa me preguntaban por eso y yo pensaba: ¿Qué quieren que diga? ¿La verdad? ¿Que estoy nervioso, que no duermo por la noche y que no como? Así que solo respondía: no me afecta, está todo bien», confesaba la semana pasada en Nueva York sobre una presión que ahora ya parece superada. Esta vez fue diferente. Ya convertido en campeón de Grand Slam, Zverev apareció en la Arthur Ashe simplemente para hacer su trabajo: imponer su saque, dejar correr su revés y esperar. Sólo concedió una bola de break durante todo el encuentro y ganó el 85% de los puntos que disputó con su primer servicio. Shelton tenía la responsabilidad de mandar, de encontrar la solución, de romper el partido. Zverev solo tenía que hacer lo suyo.

Adam HungerAP Photo/Adam Hunger

Su victoria, sin embargo, vuelve a colocar al tenis en una encrucijada mediática. Zverev es el tenista del año, de eso ya no parece haber discusión. Pero su conversión en estrella resulta mucho más complicada por la sombra que acompaña a su carrera. Su tenis le ha llevado a un lugar privilegiado de la historia, pero su imagen pública arrastra un lastre que no desaparece con los trofeos. Las acusaciones de maltrato de dos de sus exparejas, una de ellas resuelta fuera de los tribunales y otra que terminó con su absolución, forman parte inevitable del relato sobre su figura.

De ser un tenista incómodo ha pasado a ser un campeón incómodo. Y quizá esa sea precisamente la contradicción que acompañará a Zverev durante los próximos años: cuanto más gane, cuanto más importante sea su lugar en la historia, más difícil será separar al tenista excepcional del personaje que sigue generando rechazo fuera de la pista.

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