Alfonso Portago, el donjuán español de la Fórmula 1 de intensa y efímera vida

Cuando en España aún no se había fabricado el primer SEAT-600 ya teníamos piloto en la Fórmula 1, todo un figura: aristócrata, playboy, multimillonario y descendiente de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, conquistador y cronista de Indias en el XVI, cuyo espíritu aventurero corría por su sangre. Su nombre completo podría confundirse con un equipo de fútbol: Alfonso Antonio Vicente Eduardo Ángel Blas Francisco de Borja Cabeza de Vaca y Leighton. Undécimo Marqués de Portago, para la alta sociedad y para la calle fue «Portago», para la prensa, «Marqués de Portago» o «Alfonso Portago», y para sus íntimos, «Fon». Atrevido, pintón, afable, versátil conversador y con el dinero por castigo, la suya sería una vida breve en la que no desperdició ni un minuto. Su brillo relegó al olvido a su precursor Paco Godia, el pionero.

 Seductor, intrépido aventurero y de alta cuna, fue segundo, sólo detrás de Fangio, en el GP de Inglaterra de 1956. Falleció en un terrible y controvertido accidente en la Mile Miglia, a los 28 años  

Cuando en España aún no se había fabricado el primer SEAT-600 ya teníamos piloto en la Fórmula 1, todo un figura: aristócrata, playboy, multimillonario y descendiente de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, conquistador y cronista de Indias en el XVI, cuyo espíritu aventurero corría por su sangre. Su nombre completo podría confundirse con un equipo de fútbol: Alfonso Antonio Vicente Eduardo Ángel Blas Francisco de Borja Cabeza de Vaca y Leighton. Undécimo Marqués de Portago, para la alta sociedad y para la calle fue «Portago», para la prensa, «Marqués de Portago» o «Alfonso Portago», y para sus íntimos, «Fon». Atrevido, pintón, afable, versátil conversador y con el dinero por castigo, la suya sería una vida breve en la que no desperdició ni un minuto. Su brillo relegó al olvido a su precursor Paco Godia, el pionero.

Alfonso Portago tenía a quien parecerse. Su padre, Antonio Cabeza de Vaca y Carvajal, hijo de alcalde de Madrid, era íntimo de Alfonso XIII (padrino del futuro piloto, bautizado como Alfonso en su honor), fue un conocido actor y reputado deportista en hípica, boxeo y polo. Su biografía le atribuye el hundimiento de un submarino republicano con una bomba casera.

Separado en París de su primera esposa, contrajo nuevo matrimonio con Olga Leighton, irlandesa viuda de Frank J. Mackey, el magnate creador de HSBC, a cuya fortuna sumó la suya propia, más dos millones de dólares, ganados en Montecarlo una noche célebre en la que estuvo a punto de saltar la banca. Falleció en 1941, con 48 años, por un derrame cerebral tras disputar un partido de polo.

El joven Alfonso nació en 1928 en Londres. Afincado en Biarritz, con pisos en Madrid, París y Nueva York, y fincas en España e Italia, volcó sus ocios en el deporte. Su primera campanada la dio a los diecisiete años al volar su avioneta por debajo del Puente de Londres por una apuesta de 5.000 dólares. Casi le cuesta la cárcel. Probó el toreo y fue bueno en hípica, polo, golf, esgrima, esquí, pelota… Participó en más de un Grand National de Aintree y fue olímpico en bobsleigh, que en España no se sabía qué cosa era, en los Juegos de Cortina d’Ampezzo, celebrados en 1956 .

Alfonso Portago se compró dos bobs, enredó a tres amigos, Gonzalo Taboada, Luis Muñoz y Vicente Sartorius, todos sin experiencia previa, y se fueron a Saint Moritz a entrenar un mes.

En bob a cuatro no se acoplaron bien, pero en el dos rozó la medalla. Él conducía y llevaba como frenador a Vicente Sartorius. En las primeras tandas sólo les precedieron dos parejas de experimentados italianos, pero un tirón mermó a Sartorius para lanzar el bob por la pendiente y abordarlo, lo que les retrasó en las dos últimas tandas y se quedaron a 14 centésimas de consguir el bronce.

(Juan Antonio Samaranch, a la sazón presidente de la Federación de Esquí, le vio la víspera charlando tras la cena con varios amigos, se acercó para instarle a que se acostara y Portago le preguntó, cortés: «¿Usted habla inglés?». «No». «Pues en esta mesa no puede sentarse nadie que no hable inglés»).

En 1957 ganaron el Mundial en Saint Mortiz, pero el bobsleigh sólo fue un divertido interludio en su biografía de amante de la velocidad, que nació cuando en 1953 Luigi Zanetti le invitó a ser su copiloto en la Panamericana. Le entusiasmó tanto que se compró un Ferrari 250 MM para correr como gentleman rider, fuera de la estructura de los equipos oficiales.

Fue segundo, con Harry Schell de copiloto, en las 1.000 Millas de Buenos Aires. También se compró un Maserati A6G para las 24 Horas de Le Mans, y alternó ambos coches en distintas carreras. Ese fue el salto definitivo a la popularidad internacional de este hombre, casado con una modelo americana, Carol McDaniel, con la que tuvo dos hijos, lo que no frenó su frecuente aparición en revistas sociales junto a despampanantes actrices y modelos.

Por fin, Enzo Ferrari le ofreció un contrato de 40.000 dólares anuales para correr la Fórmula 1 en 1956 y 1957. Debutó el 1 de julio, quinta carrera del calendario, el Gran Premio de Francia, y se le rompió la caja de cambios en la vigésimoprimera vuelta. Pero en Gran Bretaña fue segundo, precedido sólo por Juan Manuel Fangio. En las dos restantes, Alemania e Italia, también se retiró por problemas mecánicos. Ya en 1957 fue quinto en la primera carrera, en Buenos Aires. Tenía toda su ilusión puesta en la siguiente, Mónaco, cuando se vio impelido a correr la mítica Mile Miglia.

Era esta una carrera con salida y llegada en Brescia, Roma como límite meridional y dos pasos por Bolonia, cruce del 8 que dibujaba el trazado. Alfonso Portago sólo pensaba ya en la Fórmula 1, pero tuvo que aceptar porque Ferrari tenía a un piloto, Musso, con hepatitis. Y allá fue, con un Ferrari 335 S y con Edmund Nelson de copiloto. Salió el 12 de mayo a las 5:31 (por eso llevó el número 531), resuelto a ganar.

Alfonso Portago, en una carrera en 1956.
Alfonso Portago, en una carrera en 1956.EL MUNDO

Entonces participaban 409 coches, que partían escalonadamente en orden inverso a su capacidad para provocar adelantamientos. Con mirada de hoy, aquella prueba a carretera abierta, con un tráfico que mezclaba carretas, lugareños en bici, camionetas y algunos turismos, y atravesando ciudades y pueblos entre multitudes expectantes, se contempla como una barbaridad. Y es que lo era.

Seguro de ganar, se citó a su paso en Roma con su pareja del momento, Lind Christian, a la que besó ante las cámaras de los fotógrafos entre vítores del gentío, y luego retomó la marcha. En el repostaje de Bolonia detectaron desgaste del neumático delantero derecho. Le llevaba dos minutos Tartuffi, también de Ferrari, cambiar la rueda le tomaría más tiempo y prefirió seguir… hasta que a 70 kilómetros de meta, entre las localidades de Cerlongo y Guidizzolo, al noroeste de Mántova, el neumático reventó. Lanzado a 250 kilómetros por hora, el coche pegó en un mojón de granito, voló, se partió al chocar contra un poste de telégrafos, sus dos partes separadas barrieron ambas cunetas.

El piloto y el copiloto acabaron en una zanja inundada, muertos en el acto. También murieron once espectadores, entre ellos cinco niños, y hubo una treinta de heridos. La conmoción sacudió a una sociedad donde ya se estaban cuestionando las carreras fuera de circuitos cerrados.

Su cuerpo llegó al aeródromo militar de Getafe el 15 de mayo mientras, paradójicamente, en las pistas de Barajas se celebraba una carrera de coches. A pie del avión estaban la viuda, cubierta con un velo negro, sus hijos, Andrea y Antonio, de seis y tres años, la flor y nata de la aristocracia y las autoridades deportivas. El cortejo atravesó Madrid, muy aplaudido, hasta la Sacramental de San Isidro, donde fue enterrado. Tenía 28 años.

Desde Estados Unidos, donde se le conocía como el donjuán español de la velocidad, se difundió una entrevista suya en la revista Sports Illustrated, en la que apuntaba: «Para mí la aventura es como una religión. No desprecio la vida, la amo más que el hombre corriente. Quiero aprovechar cada minuto. España hace mucho que no tiene un gran héroe deportivo, eso es lo que significa el campeonato para mí. Cuando lo consiga iré a España y entraré en política». El Marqués de Portago era partidario de la restauración monárquica.

Apareció una carta a su amigo Roberto Brito, confesando que no le apetecía correr la Mile Miglia, pero se sintió presionado. Enzo Ferrari fue acusado de homicidio involuntario y absuelto a los cuatro años.

La firma Barreiros cortó la fabricación del exclusivísimo deportivo Pegaso Z-102, centrándose en los camiones. Aquel coche se conocía como El Portago. Solamente se hicieron 86 unidades. Hoy se estima que su precio roza el millón de euros en las subastas.La Mile Miglia, nacida en 1937, no volvió a celebrarse. Dejó un saldo de 56 muertes, entre pilotos y público.

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