Andrés Jiménez recuerda la plata de Los Ángeles 84 con sus dibujos: «Cuando vimos a Jordan dijimos: ‘Este es un tirillas'»

Era verano de 1984 y la selección española de baloncesto acababa de conquistar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En el avión de vuelta, entre la euforia, alguien reparó en que Andrés Jiménez llevaba semanas llenando páginas de una carpeta. Caricaturas de sus compañeros, bocetos, anotaciones de anécdotas que de otro modo se habrían perdido para siempre. «Oye, esto lo tendrías que publicar», le dijeron. Y lo hizo, en una revista de modesta tirada, Nuevo Basket, cuya hemeroteca se perdió con su cierre. Por ello, ahora, con la ayuda de Ediciones Valnera, lo reedita en tapa dura, junto a una autobiografía, con la dignidad que la obra merece.

 El ex jugador del Barcelona y la selección española publica ‘Mi loca historia del básquet’, una autobiografía donde ilustra vivencias y anécdotas al estilo de Ibañez y Vázquez.  

Era verano de 1984 y la selección española de baloncesto acababa de conquistar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En el avión de vuelta, entre la euforia, alguien reparó en que Andrés Jiménez llevaba semanas llenando páginas de una carpeta. Caricaturas de sus compañeros, bocetos, anotaciones de anécdotas que de otro modo se habrían perdido para siempre. «Oye, esto lo tendrías que publicar», le dijeron. Y lo hizo, en una revista de modesta tirada, Nuevo Basket, cuya hemeroteca se perdió con su cierre. Por ello, ahora, con la ayuda de Ediciones Valnera, lo reedita en tapa dura, junto a una autobiografía, con la dignidad que la obra merece.

‘Mi loca historia del básquet’ se titula el libro que acaba de publicar este ala-pívot, ilustrador de vocación y contador de chistes. Porque sí, Jiménez también contaba chistes. Y no a cualquiera. «¿Qué dice un pájaro de 1.000 kilos en una rama de un árbol? ¡Pío, pío!», le soltó a Felipe González cuando el entonces presidente visitó a la expedición española en la villa olímpica y los compañeros le señalaron del grupo para que rompiera el hielo.

¿Qué dijo González?
Era otra época. Vino el presidente, había que improvisar y funcionó. Hoy, con todo tan organizado, con tanta gente envolviendo al equipo, seguro que pasan anécdotas, pero no son como estas.

Esas otras anécdotas son precisamente las que recorren el libro de cabo a rabo: el retrato de una generación que conquistó algo histórico sin darse cuenta, con medios escasos, sin apenas información sobre sus rivales y con una cohesión de grupo que, según Jiménez, lo explica todo. «Si no hubiésemos tenido ese ambiente, toda esa epopeya no hubiese acabado bien». Y la epopeya incluía capítulos de vodevil. Como cuando vieron por primera vez a Michael Jordan en persona.

¿Sabían quién era Jordan?
De Jordan, como máximo, habíamos visto un vídeo muy malo donde medio se veía una figura oscura. Cuando lo vimos en la pista dijimos: este es un tirillas. Aún no estaba tan musculado, tenía un cuerpo fibroso. Hasta que lo vimos jugar. El tirillas tenía más peligro que una caja de bombas.

También aparece en el libro el tapón a Patrick Ewing. Jiménez y Fernando Romay son los dos que, cuatro décadas después, todavía presumen de haberle plantado la mano al pívot de los New York Knicks, aunque el público general solo recuerda el de Romay. «El suyo es más espectacular, se lo da más arriba. Yo se lo doy más abajo, como de veteranillo, aunque no lo era», acepta Jiménez.

La semilla del baloncestista como ilustrador nació en el quiosco de su pueblo, Carmona, en Sevilla, que regentaba su abuelo. Tardes ojeando tebeos de Ibañez y Vázquez. Y un par de fanzines hechos a mano con un amigo. Antes de jugar para el Cotonificio, el Joventut y el Barcelona, llegó a ganar un concurso de dibujo de Coca-Cola de adolescente, y durante su carrera estudió diseño gráfico. Siempre supo que el baloncesto se acababa, el lápiz era su plan B.

No necesitó que lo fuera.
No, al final el baloncesto duró más de lo que yo esperaba y de lo que muchos esperaban. De hecho, con 13 años me presenté a unas pruebas de la Federación Española que se llamaban Operación Altura y me descartaron. Por suerte, un año después el Cotonificio de Aíto vino a buscarme a Sevilla. En aquella época todo era diferente. Mientras jugaba, llegué a trabajar también de auxiliar de contabilidad para la propia empresa, el Cotonificio, para garantizarme un sustento si el baloncesto se torcía.

No se torció. Con el Barcelona ganó siete Ligas ACB, cuatro Copas del Rey y una Copa Korac; fue internacional durante años y compartió generación con Fernando Martín, a quien conoció con 15 años en una concentración juvenil en Pamplona. Los dos llevaban manos jugando a baloncesto y estaban más retrasados que la mayoría. Yo le llamaba Conan y él me bautizó como Jimix», recuerda.

El libro ha agotado su primera edición en un mes -ya va por la segunda- y en las presentaciones congrega a los mismos de siempre: los compañeros de aquella plata, los que siguen viéndose al menos una vez al año. «Eso es lo que más vale con los años. Que hayamos podido mantener esa amistad», concluye Jiménez.

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