Starmer elude su responsabilidad y asegura que se le ocultó “deliberadamente” el veto interno al nombramiento de Mandelson

Keir Starmer afronta cada desafío con la mentalidad fría y calculadora del abogado y fiscal que fue durante años. Y se resiste a admitir que la responsabilidad política no tiene necesariamente que responder siempre a una lógica irrebatible. Empieza a ganarse la fama de que cada vez que tiene problemas busca un culpable que no sea él mismo. Y este lunes, en una de las comparecencias más delicadas de su mandato, ha sido acusado por la oposición de buscar otro chivo expiatorio para tapar el enésimo escándalo en torno a Peter Mandelson, a su desastroso nombramiento y cese como embajador en Washington, y a sus turbias relaciones con el multimillonario estadounidense Jeffrey Epstein.

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 El primer ministro vuelve a pedir disculpas por elegir al veterano político, que mantenía una íntima amistad con Epstein, como embajador en Washington  

Keir Starmer afronta cada desafío con la mentalidad fría y calculadora del abogado y fiscal que fue durante años. Y se resiste a admitir que la responsabilidad política no tiene necesariamente que responder siempre a una lógica irrebatible. Empieza a ganarse la fama de que cada vez que tiene problemas busca un culpable que no sea él mismo. Y este lunes, en una de las comparecencias más delicadas de su mandato, ha sido acusado por la oposición de buscar otro chivo expiatorio para tapar el enésimo escándalo en torno a Peter Mandelson, a su desastroso nombramiento y cese como embajador en Washington, y a sus turbias relaciones con el multimillonario estadounidense, Jeffrey Epstein.

“Si yo hubiera sabido que Mandelson no había obtenido la necesaria luz verde en su escrutinio de seguridad interno, no le habría nombrado embajador”, ha dicho Starmer en la Cámara de los Comunes. “Se tomó una decisión deliberada de ocultarme esa información. No es que yo no hubiera preguntado al respecto o que lo hubiera dejado pasar. Fue una decisión, reiterada en varias ocasiones, de no compartir esa información”, ha acusado el primer ministro.

Starmer señalaba directamente a Oliver “Olly” Robbins, el hasta hace una semana secretario permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Era el alto funcionario de más alto rango de ese departamento, y el único con autoridad para ignorar el veto a Mandelson que emitió el Departamento de Escrutinio de Seguridad del Reino Unido (UKSV, en sus siglas en inglés), el organismo independiente que examina exhaustivamente el historial personal de candidatos a un cargo público.

“Le pregunté en varias ocasiones por qué no me lo había dicho, y me aseguró que no podía hacerlo por imperativo legal. No estoy de acuerdo”, ha dicho Starmer en el Parlamento. “Sin revelarme los detalles de la investigación, podía haberme avisado del veto”, ha explicado.

Complejidad legal, lío político

El problema para Starmer es que el asunto Mandelson está envenenado desde su origen, y cualquier nuevo indicio de que su nombramiento como embajador en Washington se impulsó contra toda evidencia pone en cuestión la aparente pobreza de juicio del primer ministro a la hora de tomar decisiones. Por eso, una vez más, el primer ministro ha iniciado su comparecencia pidiendo de nuevo disculpas por el error de elegir a ese personaje.

Más graves y dolorosos que los ataques en sede parlamentaria de los líderes de la oposición han sido los de miembros relevantes del Partido Laborista, que han cuestionado que el exministro e histórico político fuera nombrado alto representante diplomático ante la Administración de Donald Trump, a pesar de sus turbias relaciones con Epstein o de sus negocios con China y Rusia.

Emily Thornberry, la diputada laborista que preside la Comisión de Exteriores del Parlamento, ha señalado directamente como principal motivo de este nuevo fiasco a la obsesión de Starmer y de su equipo por colocar a Mandelson en Washington contra viento y marea. “Para ciertos miembros del equipo del primer ministro, conseguir para Mandelson ese puesto era una prioridad que sobrepasaba a todas las demás, y las consideraciones en materia de seguridad quedaron en un segundo orden”, aseguraba.

El anterior líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn; su mano derecha y exportavoz de Economía, John McDonnell; o Diane Abbott, la primera diputada negra que pisó la Cámara de los Comunes, hoy expulsada de las filas laboristas, han hecho sangre contra Starmer, al reprocharle con total crudeza que echara mano de un político como Mandelson, que arrastraba un controvertido historial. Dos veces llegó a dimitir, por sus manejos con multimillonarios, de los gobiernos de Tony Blair. Y su relación íntima con Epstein era de sobras conocida antes de que Starmer pensara en él para el puesto de Washington.

Starmer tiene complicado salir de una trampa en la que cualquier escapatoria conlleva rasguñazos. Porque aunque convenza a los suyos de que, efectivamente, Robbins le ocultó información fundamental sobre el escrutinio fallido de seguridad que se realizó a Mandelson, la imagen resultante es la de un primer ministro confiado, que no se interesó lo suficiente ni hizo las preguntas necesarias y obligatorias a su equipo cuando comenzaba a surgir un clamor público en torno al nombramiento del exministro laborista. “Ya sé que resulta imposible de creer que se me mantuviera en la oscuridad durante todo ese tiempo”, reconocía en la Cámara de los Comunes, y provocaba de ese modo las risas de la oposición.

“Este primer ministro ha arrojado a los caballos a todo su personal. Un hombre que llegó a prometer, desde la oposición, que asumiría todos los errores de su organización, ha acabado echando a su secretaria de Gabinete, a su jefe de Gabinete, a su director de Comunicación y, ahora, al secretario permanente de Exteriores”, ha dicho la líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch, durante el enfrentamiento parlamentario. “Un ex fiscal general tan escaso de curiosidad que no preguntó nada durante el proceso de escrutinio a Mandelson”, ha rematado.

A su acusación contra Starmer de no tener control de las riendas de su Gobierno se han sumado los portavoces del Partido Liberal Demócrata, del Partido Nacional Escocés o de los Verdes. Todos reclaman una dimisión que, de momento, no se producirá.

El Partido Laborista se enfrenta el 7 de mayo a unas elecciones cruciales —municipales en Inglaterra, autonómicas en Escocia y Gales— en las que todos los sondeos vaticinan un hundimiento atribuible a Starmer. Hasta entonces, ninguno de sus rivales internos se decidirá a mover ficha, pero las caras y el desánimo entre las filas laboristas han sido evidentes durante el debate parlamentario de este lunes.

Y la agonía de la semana aún no ha terminado. Olly Robbins, el ex alto funcionario de Exteriores al que Starmer culpa de todo el fiasco, y al que cesó fulminantemente, comparece este martes en la Comisión de Exteriores del Parlamento. De momento, ya ha buscado asesoramiento legal, y ha dejado claro que se resiste a ser el nuevo chivo expiatorio del primer ministro.

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