Nadal vuelve a bailar con su raqueta

La cola para entrar al recinto avanza silenciosa y civilizada, sin sobresaltos ni empellones, todo muy tenístico. De pronto, la voz atiplada de un niño rompe la calma. «¡Ese Rafa/cómo mola/se merece una ola!». No tiene más de nueve años pero así es la nadalmanía: hasta quien apenas puede atesorar recuerdos de aquella triunfante melena en París puede sentir devoción por su figura.La contagiosa frescura del chico anima una tarde bochornosa en Manacor, cargada de la humedad característica de Mallorca, la forja salitrosa del campeón, del mejor tenista español de la historia, que en esta tarde de sábado de veroño se ha agendado una cita especial, una tarde casi romántica, en el sentido laxo de la palabra.Hace dos años que Rafa Nadal jugó su último partido oficial, aquel canto del cisne de la Davis en Málaga. Y desde entonces no había cogido la raqueta para jugar ante el público. De hecho, incluso para pelotear con sus amigos apenas la había cogido en contadas ocasiones, «cuatro veces y media hora cada una», según sus propias palabras. En jerga amorosa, la raqueta y él se habrían dado un tiempo.

 El ex tenista juega ante público por primera vez tras dos años desde su retirada. Apadrina (y gana) un torneo de exhibición junto a Murray y otras seis leyendas del circuito ATP  

La cola para entrar al recinto avanza silenciosa y civilizada, sin sobresaltos ni empellones, todo muy tenístico. De pronto, la voz atiplada de un niño rompe la calma. «¡Ese Rafa/cómo mola/se merece una ola!». No tiene más de nueve años pero así es la nadalmanía: hasta quien apenas puede atesorar recuerdos de aquella triunfante melena en París puede sentir devoción por su figura.
La contagiosa frescura del chico anima una tarde bochornosa en Manacor, cargada de la humedad característica de Mallorca, la forja salitrosa del campeón, del mejor tenista español de la historia, que en esta tarde de sábado de veroño se ha agendado una cita especial, una tarde casi romántica, en el sentido laxo de la palabra.

Hace dos años que Rafa Nadal jugó su último partido oficial, aquel canto del cisne de la Davis en Málaga. Y desde entonces no había cogido la raqueta para jugar ante el público. De hecho, incluso para pelotear con sus amigos apenas la había cogido en contadas ocasiones, «cuatro veces y media hora cada una», según sus propias palabras. En jerga amorosa, la raqueta y él se habrían dado un tiempo.

El tenista volvió ayer a bailar con su raqueta, que en las últimas semanas ha empuñado más. Volvió a vestirse de corto en la pista central de su academia de tenis de Manacor para celebrar el décimo aniversario de la fundación del centro, por el que pasan cada año cientos de tenistas de todos los rincones del mundo. Un proyecto que ha ido creciendo, convirtiendo el pueblo de Rafa y su Mallorca natal en un polo de la formación tenística internacional.

Nadal explicó ayer que vive mejor de lo que esperaba alejado de las pistas y de las severas exigencias del circuito profesional. Pero no negó que sigue teniendo el gusanillo, no descartó ser entrenador en un futuro y aventuró que irá alimentando ese gusano interior con exhibiciones amistosas como la de ayer, entre viejos colegas y amigos. Y vaya amigos.

Porque la exhibición de la fiesta de la Rafa Nadal Academy reunió a ocho leyendas del tenis, ex jugadores de primer nivel que suman 242 trofeos ATP, un buen puñado de torneos grandes y tres numeros uno mundiales. Allí estaban Andy Murray (capitán junto con Nadal de uno de los dos equipos), Marat Safin, Dominic Thiem, Carlos Moyá, Richard Gasquet, Fabio Fognini y el incombustible David Ferrer, que a sus 44 años se conserva intacto, como recién salido de la última final de la Davis, el torneo que ganó en tres ocasiones.

El de Manacor hablando con sus colegas.
El de Manacor hablando con sus colegas.EFE

Entre risas, Nadal desempolvó su derecha, subió a la red para ganar el torneíllo con una volea a los pies de Murray que decantó la victoria a favor de su equipo (cuatro puntos a tres en siete partidillos) y mostró su inmutable espíritu competitivo, esa inagotable capacidad para la autocrítica que le convirtió en una bestia de la superación y de la excelencia. «Jugar delante de la gente de mi pueblo me hace una especial ilusión aunque juegue en las condiciones en las que estoy», se sinceraba a pie de pista el hombre que ganó 22 Grand Slam, siempre con la autoexigencia en la boca.

Además de Rafa jugaron otros ex tenistas mallorquines que compitieron en la élite, como Pedro Clar (hoy entrenador), Tomeu Salvá y Nuria Llagostera, o la valenciana Anabel Medina, así como alumnos de la academia.

Entre el público, entregado al show, volvieron a sonar los «¡Vamos Rafa!» tan característicos, emblema sonoro y nostálgico de una España que vibraba con su juego, acaudillada por aquel puño que, tras cada punto decisivo, Rafa blandía como una garra: la garra de Nadal.

«Soy de Guadalajara y admiro a Nadal, voy a todo lo que puedo», explicaba Pelayo, uno de los asistentes, emocionado tras el torneo y por la oportunidad de volver a ver a su ídolo. Como él, en torno a 3.000 personas acudieron al evento, con algunos rostros conocidos, como el ex futbolista Raúl González Blanco, héroe también de otro tiempo.

La fiesta se alargó hasta la noche, amenizada por un concierto de David Bisbal. Otra leyenda incombustible pero de las otras pistas, las pistas de baile.

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